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Temple

Cuando se desluce lo extraordinario, se opaca y enfría, entonces se evidencia que la base de estar conforme, o estar saciado, sólo es respiro para el miedo zonzo, cuya única función es que las cosas injustas de la vida puedan limitarnos.

Injusto, digo, cualquier límite a lo que podría gustar hacer, el no poder por algo que no depende de nosotros, que es ajeno, que es social. Cuando el límite está afuera para buscar ser más felices, el límite es injusto. Cuando es injusto y sólo se mira al límite sin buscarle causa, se es funcional pero quejoso, insoportable.

La voluntad del deseo, el amor o el gusto son la rebelión con que el sentimiento se levanta contra la psiquis. Y el miedo los ataca sin piedad en la represión, la conformidad y los sostenes, los traumas, los olvidos y la culpa. El miedo no es una previsión, el miedo es límite de adentro. El templado no siente miedo, tiene cuidado, el valiente es el sano. Y en las decisiones se juega siempre una batalla que mientras el inconsciente esté en condiciones de pervertir, puede ser parte de una guerra eterna.

Aquello que queda en las catacumbas de la mente, que se esconde cuando estamos en condiciones de vencerlo, se repliega como buena tropa ante la adversidad, y contraataca violento cuando lo extraordinario ya no brilla ni calienta. Y lo más extraordinario que existe es el amor, que renace cuando puede, entre esto y aquello, en los pocos claros que dejan lo debido, el narcisismo y lo anhelado.

Mientras la guerra, el miedo, sanguinario cada vez que puede, está para aprender con temple para hacer futuro. Mientras exista, desconociéndolo o enfrentándolo las frustraciones se repiten y es la peor cualidad del necio. No está para enfrentarlo, porque no existe su motivo más allá de la idea, mientras haya miedo la tarea es aprender para mejorar.

Para nacer siempre hace falta un parto, porque dice renacer, y pide renacer cada vez, aunque la prepotencia de los que van de cabeza contra el trauma amenaza siempre con querer enamorar sólo de lo que no parece posible. Y la farsa, si se persiste bien, muestra después su naturaleza, donde los límites son ideas y posibles son todos los amores si importa algo más que la satisfacción del ego.

Entonces, como siempre, nunca supe cómo era antes que esto. Pero entiendo por qué lo de después tiene que ser más completo que la consolación, por qué con un compromiso no puede alcanzar y con buscar llenar vacíos no se vive bien. Por qué no puedo consumir amor, pero sí me estalla el mentón si lo estoy viviendo, y además sé que no se olvida nunca lo que en realidad gusta y que los pasatiempos, sean autos o presencias, se van a agotar, como lo indica que sean consumos.

Y con todo, el miedo persiste, y se muestra cada vez que lo extraordinario se puede consumir, aparece como si el vacío de después pudiese no llenarse más, como si sólo quedáramos nosotros y la poesía, hasta la idea absurda de la muerte. Entonces los refugios que decía antes, entonces también el refugio de la vanidad.

Es el límite, el miedo, y después para adentro, y después a silenciar que se aprenden cosas que gustan, para en el porvenir poder conformarse con algún consuelo.

La confianza hace posible al amor generoso por otro, el miedo ataca a la confianza desde la posibilidad. La traición por eso es determinante, porque destruye a la confianza y el amor no se puede abrir a otro por el miedo. Eso es la deformación del refugio, la codificación del amor en los términos del miedo a la muerte, a la soledad y al espejo, esa es una parodia. Amor es dulce y liviano. El amor sólo puede ser satisfactorio, eso es el sentimiento, lo demás son ideas. Frustrarse en las ideas es más cotidiano, menos dañino; se llama desilusión y es una práctica individual.

Aprender lo que gusta es el arma, y buscar amor, felicidad, es lo único que merece pensarse porvenir, lo demás son los moldes que necesita el ciclo para que lo injusto conforme, para tener paz sin amor.

Si una vida,

que es hermosa y potente,

composición,

me diera la curtiembre,

me sobreseyera de lo que no soy,

me aplaudiera al niño desmedido,

y me ofreciera algún puente,

diría

que no quiero perderme

de la senda,

primavera,

que me llevó a ser vecino,

admirador de la maravilla.

Es perversión convencerse de no poder, también advertirle a alguien de que la maravilla no es algo para encontrar. Inventar un límite es un mecanismo degenerado, como desconocer que el gusto es el único criterio para buscar la maravilla de sentirnos felices. Si hacer algo por que te gusta te hace feliz, sentir porque gusta es la maravilla y sentir porque es confortable es farsa, entonces, ¿miedo?

Miedo, sólo para perder el tiempo, y perder tiempo sólo para esperar morir, que es el peor temor. Paralizar es la función del miedo, por eso contra el miedo, todo, que es lo posible. Mientras tanto, habrá que buscar y juntar la infinidad de condimentos que necesita todavía generar maravilla. Renacimientos que valen placer y esfuerzo, porque es dar vida.