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Poner el cuerpo

Desde que el cuerpo sabe meterse en una música y transitarla, como si supiera de la gravitación y pudiese volar, se fue formando una noción básica que dice que el cuerpo tiene en la formación corriente dos componentes víricos: reprimirlo y hacerlo funcional a una sola cosa.

En los días en las calles, el cuerpo se mira y no se toca, y es para los ojos, en el mejor de los casos, algo deseable. En el peor de los casos, algo despreciado.

En la base de la soberbia está entre otras cositas el miedo de no gustar. Pero si la soberbia se constituye sobre lo que cree que se entiende y se cree que se entiende algo sobre el cuerpo, entonces el cuerpo carga algo de esa soberbia que existe para poder hacer, la que dice que puedo.

Lo que suele imponerse en el gusto es el cuerpo, y esto, me parece, porque el cuerpo propio disfruta de las cosas que gusta como de ninguna otra cosa, porque además de él sólo cargamos con la idea, y la idea puede gustar pero no acaricia. Si uno carga algo de la soberbia en el cuerpo, cautiva que parezca que por la idea el cuerpo asemeja estar liberado. Y todo iría con demasiadas comillas, pero no me gustan.

Entonces el cuerpo que parece ir seguro gusta más. A veces gusta mucho, y entonces parece estar el mundo disponible a algo básico: el cuerpo se ve, de manera predominante, como el objeto con el que puedo tener sexo. Y tener sexo es algo íntimo. Hasta parece sensato que mi intimidad se haya convertido en un refugio que por lo visto se me hace necesario.

El cuerpo, en los días en las calles, se siente vulnerado por las miradas que fulminan de deseo, como si fuese una cosa, un tesoro o una tentación. Y en esa culturita la tentación es la culpa, y el sexo es la culpa, y lo único que se sabe que tienta es el sexo. Y el sexo es casi siempre una práctica burocrática de dos mentes que ponen el cuerpo al servicio del alivio para el trauma.

Apoyando la represión que hace que explote el cuerpo por el pubis porque se contiene todo, la noción del alma dice que no hace falta sentir con el cuerpo porque se siente en otro lado. Que alguien me cuente lo que es el amor en el alma, porque yo a todos los amores los siento desde el abrazo hasta la vida. Y si entiendo alma, es porque en el pecho siento un fuego que parece eterno, y el pecho es el centro del cuerpo.

Bueno, creo otra cosa. Porque bailar es recorrer el tiempo con la tranquilidad de no necesitar trascenderlo, la caricia es en el cuerpo la tranquilidad de no necesitar lo que está buenísimo, el sexo es algo para practicar con el cuerpo, más, pero entre tantas otras cosas. Y además, es para hacerlo con gusto, y no todo gusta para todo. Eso es básico, por eso no soy un objeto, porque tengo un criterio. Entonces creo otra cosa no para trascender al tiempo, sino para que todos podamos transitarlo con lo que está bueno, porque se trata de entender y cambiar, que es crecer, para que este sea un lugar mejor.
Después, cuando los cuerpos pueden bailar en el placer de gustarse, se entiende algo primario que siempre está pendiente; es que el sexo puede ser una práctica deliciosa, pero si es el medio para que el ego se quede satisfecho es una práctica deficiente, apuradita, reprimidita, donde lo significativo es que ya vaya terminando. Y el piropo no es algo que me produce otro, si no lo que yo le veo al otro, porque no podría asumir lo que me produce sino objetivándolo. Y además, sobre estas cosas pasa la curiosidad que no se puede colmar de los que no saben practicar cosas lindas con el cuerpo. Por eso creo que hay gente que es insoportable cuando comenta.

Creo, además, que el miedo de no gustar existe porque se sabe que lo mejor que nos puede pasar es gustar en el cuerpo, porque lo mejor que te puede pasar está en el cuerpo. Por eso, además, asumimos la fiesta como espacio de libertad.
Entre pared y pared,
por donde pasa lo que se pretende cotidiano,
que se dice rutina,
hay más que cemento diciendo
que nos quedemos casi todo adentro.
Pero acá estamos,
tratando de aprender,
y haciendo una grieta a la forma mezquina
que toman las relaciones ahí afuera.
Esa grieta se llama fiesta.