Cada vez, corazones míos, que quiero hablar de lo que nunca voy a ser o hacer, orga me invita al silencio.
En mis relatos suele haber agujeros que se interpretan apenas pestañando o recibiendo un guiño. Esos son los silencios que me invita la orga. No me cabe en la palabra lo que me escupió el corazón, son cuidados básicos que la orga planea sin prever.
Una vez, hace mucho, desprecié la querencia de la imposibilidad, y desde ahí no supe hablar más de eso. Nunca más lo vi, nunca más lo entendí. Todo lo que percibí desde ahí fue posible, ¡y cómo! En aquella concepción volteé muros de cabeza hasta abrazar al mundo desde el pecho. Y así quedó, sólo me encanta la posibilidad en mi entendimiento. Nadie me quita la posibilidad ni el sentido. Ni la marmota ni su suegra.
Orga dice de los pasos, orga dice de la percepción. Orga construye de la posibilidad un tanque, orga arrolla en silencio o susurrando. Orga tuve muchas veces y perdí pocas.
Pocas son suficientes, ¡que lo digan mis quemaduras!
Orga me dijo que es un infortunio que la maravilla haya venido a herirse justo en mi pecho, pero son desgracias corrientes. La herida tiene que verse y se ve, como cualquiera, cuando enfrente tiene un espejo. Los dones del reflejo son una dicha que yo nunca pedí. Bienvenida, brota pronto donde hay descomposición porque la naturaleza es deliciosa en el ritmo.
Y antes de seguir, el deseo de humildad dice que ser luz no es ser la luz. La luz es todo en la percepción y nadie es todo, yo soy parte y por eso ni cerrando los ojos dejo de estar.
Dulces sueños para los pechitos agrios. No les cabe algo así a los dulces, así que hasta luego y nos reflejamos.