Cuando me ilumina una luz extraña y pálida que viene de ojos de muerte constante, se me hace difícil divisar que una mano me está por tocar. Por eso, creo, yo había pensado que la luz no era todo, que esos ojos están de heridas, y que no estaba yo deseando eso.
Las intenciones de cualquiera tienen sus aristas de nobleza, pero, por mis hojas, que soy árbol, las intenciones no son los actos. Por más que las manos que no pueden quieran, o quisieran querer, no hay tonos. Entonces me armé una melodía de dedos (suena bajo, como susurros de vieja). No es muy completa la idea que los dedos transmiten, pero es algo. Cuando le preguntaba a sus manos, era bien más escasa la certidumbre, preguntar a los que no tienen respuesta es siempre una manera de despedirse. Qué más expulsivo que no tener respuestas, son situaciones intolerables.
Yo, que siempre tengo pocas respuestas, una vez me quedé aunque no supe colmar a una duda. Se me hizo llaga, creo, o se me hizo nube, el caso es que no me fui aún con eso, y después, las marcas o la humedad me quedaron hasta cuando no me acuerdo.
Me pareció entonces que su duda era una forma, que era una melodía para un baile curioso. Fui tonto, la duda no sabe llevar un ritmo, y nadie siguió moviéndose después de que no hubieron respuestas. Y lo mío, bueno, nunca la respuesta debió haber sido un anhelo de mis capacidades. Pero nunca fui bueno para advertir mis limitaciones.
Tampoco soy bueno para esperar una respuesta. Esas cosas, que ni qué, me estremecen. No aguanto a los ruidos que me perturban el silencio, pero menos a los silencios que vacían mis preguntas. No me acuerdo de que en otro tiempo no haya sido así.
Por eso las manos sabían que tenían algo para calmar, aunque, claro, ya lo venía diciendo, no lo hicieron. Tampoco hubiesen podido. Las manos de dedicación trunca dan alivios fugaces, y... no voy a decir nada de las fugas.
Si salieran de mi boca las verdades solas, el aire se llenaría de flores. Pero cuando digo pongo otras cosas, y entonces hay nubes y sombras, y otros tonos más. Las manos siempre más reales que la palabra, y la dedicación determinando más que los deseos. No vivo solamente de verdades, si no que lo digan las manos mías o las suyas.
Y eso así porque me quería defender todavía, cuando había de qué, de embadurnarme de placeres mientras las deformaciones me iban acariciando suave, hasta soltarme. No quería agradecer solo, no quería preguntar y no sabía responder. Estaba visto, no tenía nada que hacer ahí, pero estaba ciego o dormido. Hoy no veo mucho, o no estoy muy despierto, pero cada tanto un augurio me florece cuando es tarde (“...Y cuando la penumbra es el escenario, en sus prosas turbias, brilla como certeza un deseo...”), y me despido desde el estómago de los sabores amargos que hicieron aftas. Había otros gustos en el mismo plato que se puso difícil, pero no estoy hoy para buscarlos, porque ellos están escondidos también.
La oscuridad es buena para los que se esconden y para los que no quieren encontrar. Y otra vez vi la luz pálida de sus ojos de muerte constante, entre los dientes deslicé la obviedad, hay una desgracia doble para lo peor de mí.
Salud, luces a la orga.