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Orga inspirada

Más tarde fui sacudiendo mi modorra. Le pregunté al río si la lluvia era el frío, o algo así, y me dijo que no. Entonces le dije, como yo decía esas cosas antes, cuando todavía era inocente, o todavía era altanero, que a veces me confundo, y que supuse que podría decidir sobre esa relación extraña según lo que para mi fuera.

Puede que haya sido en la pendiente donde aprendí, ahí cuando se me desbarataron las loas a mí, que no hay nombre que yo les pueda dar a las cosas que están más allá de lo mío que les quede bien. Siempre los nombres quedan chicos.

Algunos en la desgracia ponen nombres justos para el sentimiento, pero eso son especulaciones. En realidad debe ser así, uno cataloga por momentos, pero después el momento se esfuma y el nombre queda chico.

Nunca fui más artista que una marioneta, y eso no me trajo complejos. Entiendo que las manos dieron el arte a la marioneta, y la mente a las manos, y una inspiración, en los casos buenos, a la mente. Yo no sacudo mi cuerpito como las marionetas, pero todavía las manos me dan el arte y vaya a saber qué mentes perversas e inspiraciones oscuras dan ánimo a la manos para seguir dándome algo.

Yo no pregunto.

El arte molesta, ¿no? Como la desorganización. La puesta de una persona en la creación es en general algo que viene molestando. Así se pone a desbaratar la molestia en una composición que puede ser absurda.

Por ejemplo, le pido a mi inspiración que me de una tranquilidad pasajera... porque no querría una estancada. Pero la inspiración me arrebata, me obsequia lo que no está dispuesta a darme. Son cosas, son detalles. En realidad en general la inspiración me invita a pedirle, y después me da otra cosa. Y muchas veces termina estando más o menos bien. Pero pocas veces no.

Pocas, que lo digan mis hombros, son suficientes.

Pinté una vez, yo que para pintar ando lento y tuerto, un rastro para seguir después. Y después lo dejé, porque ya estaba queriendo otras huellas.

Lo siniestro tiene algo de dar lo que no se pide y daña. Conozco de esas cosas. He sufrido varios siniestros, si tengo que pelar antecedentes. Una vez me dieron lo que pedí, y me duró en el pecho lo que un estornudo en un tango, lo justo para que no signifique más que su entorno.

Tengo un gato siniestro, bastante... o perverso, que para mi incongruencia vienen siendo cosas que se encuentran seguido. Y ahí me vino inspirando...

Le acaricio el pelo por el lomo,
se estira de placer
(los gatos saben
que el placer no cabe
en lo que entiende el cuerpo).
Le digo suave,
para no alterar su goce,
que cuando quise que sea voraz fue tierno,
cuando quise un gato tenaz fue endeble,
cuando quise que fuera dulce fue arisco,
cuando deseé su belleza fue pesadilla,
cuando lo auguré propenso fue tenso,
cuando le quise dar paz se trastornó,
y ahora
que no le pido nada,
me da lo que quiere
y es poco.

Eso me inspiró un gato. Que ni imaginar, que el gato no tiene manos. Son absurdos que plantea la melaza, creo, u otro desperdicio.

Antes, inocente, me enorgullecía de no temblar para la entrega. Hoy, de desconfiado, reacciono igual cuando me tiembla la distancia. Son detalles, son cosas, después le sigo.