Atento como estoy, se me hacen muy predecibles las desgracias. Esto desde hace un tiempo. Por eso me extasían las sorpresas.
La luna rompiendo una oscuridad cerrada o la noche quebrando lo que me hipnotizó, ni sé, el caso es que no sé prever hoy lo que me favorece, y eso no tiene que ver con las virtudes.
Así, dulzón, no hay imprevisto que no me haga sonreír. Los padecimientos, agudezas del pasado, siempre tan preconcebidos. Que eso me haya hecho un tanto temeroso es posible, pero yo digo desconfiado, que no es lo mismo.
Me había preguntado por las burbujas, me había cuestionado algunas cosas, y la verdad... hace meses que no me baño, para mí todo es cuerpo. ¿Burbujas?, a los espejos, porque de este lado no hay cómo hacerlas. Mi vida, que conoce las agujas que esperan acechando que la descuide, no quiere de esas cosas. Además, quien aprende de llenar de flores las cavidades, ¿para qué querría burbujas?
Creo, más allá de la paranoia, o dentro de ella, que sería más acá, durante esta vida con dedicación en mi vocación de cultivar paraíso, que esto no cabe entre las prensas y las guillotinas. La fertilidad merece estos cuidados, y sé que merece esas amenazas.
No hay escondites con tantas luces. De vida o de muerte constante, luces son luces, venía diciendo, y no sólo no hay dónde esconderse, tampoco hay cómo no querer encontrar. Todo a la vista.
Entonces, digo sacando pecho, me voy liberando lento de lo que me fue atrapando en un camino interminable. Me reconozco en brillos, me deduzco en pecas, me sorprende la identidad y ni qué más decir, recién venía hablando de las sorpresas.
Me dedico entero a la maravilla palpitante (“...y a la maravilla, que en su perplejidad lo sabe...”), aunque no se diera cuenta. Pero sí se entera, porque la maravilla vive sólo por mi dedicación. Que lo digan las heridas si no. No doy mi felicidad por la de nadie, qué Cyranos me invitan al martirio. Respiro aliviado cada vez que no tengo suelo, me impacienta la vida cuando estoy de muerte y por suerte la muerte es algo para transitar sólo una vez.
Todavía me supongo tierno en la boca tierna sobre pechos cristalinos. El amor estaciona en el pecho y explota, la mente me da hoy la misma paz que me sacó ayer. El cariño es un susurro constante cuando no grita y en caricias sonrío.
Para esto, orga me estoy dando. Quiero ser invulnerable a las invasiones perdidas de las almas en pena, o quiero darle armonía de sus cañones y apuntar a las plumas. Ni sé.