Una brujita le dijo al colibrí disfrazado de bufón en la composición de aves:
Ni vos un cristal ni yo tan opaca,
formás formas que encajan exclusivamente
en el mejor papel
que nunca es el que actuás.
Fomento un exquisito impulso
de arráncarse las capas despintadas (o semipintadas) de a poquito
como rasqueteándolas con las uñas
y ya sé que después
hay más escombros
porque lo que no se traga se escupe
y lo que se escupe y se traga es más
sabroso.
Por eso, exclusivo, a que no te animas a
someterte al agua ras
y sí, te desafío porque me río
de tu mirada opulenta,
de tu mirada de pollo mojado,
de pez en pecera sin aireador,
de bicicleta desinflada,
desabrochá el grito,
descascará nomás,
a ver que pasa,
arlequino.
Crema limpiadora
nunca viene mal,
si es exfoliante mejor,
a ver si te descubre
que me ahogo de tanta
indulgencia.
Arrancá nomás, que fantasmas siempre hay.
El colibrí, cansado de ser arlequín y enamorado de la flor, sacudió de sus alas a los fantasmas. Sabe que su posibilidad es siempre grande cuando se trata de morir de susto. Y cantó:
Para sobrevivirme hago un recorte de mejor perfil que el mío,
pinto y los colores me fascinan,
encero para que una mano no se estanque acariciando.
Para no mutilarme pongo ojos agudos que me tapen la suavidad,
una boca terca que escupa lo que yo beso,
diez pelos que disfracen pensamientos.
No es para esconder,
es para sobrevivir.
Orejas sin oídos también,
y cejas que sólo se mueven en pareja.
Para que me florezcan bombones mi máscara tiene un sol adentro.
Y de todas maneras,
cuando arde,
mi máscara vuela,
nadie le cree,
y revivo en flor.