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Liviano

Nací antes de saber algo. Después crecí con un recorte en la noción, porque creí en las cosas que me hicieron bien, y obvié el resto. No creía en la muerte, no le temía porque no la contemplaba, no me importó. Crecí grande, crecí inocente, o pendejo. Creí en mí más allá de todo, crecí para adentro. Me signifiqué. Eso fue un tiempo. Antes de eso me dedicaba a los instantes.

Me extasié por algunas maravillas. Me dediqué, me di, resignifiqué, hubo otro sentido, el más hermoso. Vi a todos los colores, fui hermoso. Y algo, que no sé si es la infamia, la locura, la represión o la muerte, en el medio de la maravilla más increíble, me vino a amputar el amor. Yo, porque desconozco pero acuso, digo que fue la muerte, que no quiso llevarme entero. Cuando se iba, con mi amor en su bolsa, me vio boqueando y dijo que ojalá me sirviera. ¿Me serviría dejar de amar y sangrar para adentro? La odié por la idea.

Me arrancó con sus muelas frágiles, pero vecinas de una lengua muy suave, algo puro. Me asusté, me vencí, me cegué. Mis cejas, que siempre fueron la corona de mis ojos tranquilos, se hicieron tensas, mis labios temblaron, mi espalda se curvó y mi pecho era la desdicha. Me enamoré de la muerte. Me obnubilé, trastornado. Dejé pasar jirones de vida que me rozaron deliciosos, los vi como deleites ajenos, los acaricié y me aquieté porque no tenía pecho para contenerlos.

Hace días me volví a sentir liviano por razones inexplicables hasta ayer, cuando vi que otra vez creí en lo que me hacía bien, en la belleza, volví a ser hermoso, entendí que la muerte no existe y refundé mi amor donde estaba, siendo mi única prioridad. Se me relajó el cuerpo, mis ojos agradecieron que las cejas no los presionaran, y mi boca me explicó que el amor está en lo dulce y lo demás son distracciones. Amor es dulce y liviano.

Y entendí que la muerte, que no existe, no me había servido para nada más que perder tiempo.