Abarqué la noche. Bueno, no toda, pero le perjudiqué su negrura con mis colores y su sigilo con mis batidas. Soy mariposa.
Penetré al espacio de las sombras con lo propio, pese a que ahí todos somos casi iguales, buscando un cuerpo, porque a todos nos gusta más o menos lo mismo.
Un cuerpo más brillante que el mío, menos volátil, más suave y más fuerte. Más húmedo. Para mis búsquedas, cómo no, el criterio nace de mirarme al espejo.
Atravesé jardines, fiestas grandes, fiestas entusiastas, orgías abajo de las piedras o arriba de basuras. Nosotros, los bichos, no tenemos pudor.
Una cucaracha me quiso cubrir los favores con sus gracias, pero mi gusto no es cualquier gusto. Una red me atrapó para su araña, que me vino a endulzar las fantasías. Terminé escurriéndome de su cariño por el miedo a su veneno.
La búsqueda es una tarea, para los criteriosos, sostenida y paciente. Encontrar, para quien puede, qué delirio.
Y en lo más oscuro me choqué. Tenía el resplandor tenue de un cuerpo brillante de humedad en el estómago de la noche. Rocé su cuerpo fuerte y suave con mis alitas, mi viento no la alteró, mis colores le llenaron de sonrisa los labios. Luego, ya sin los ritmos del requebrar, con el paso acompasado que antecede al abordaje, le colmé la boca de beso y, si la babosa tuviese, me habría suicidado contra sus dientes. Ese es el delirio.