Un pájaro entró por algún lugar y me vino a visitar. Esquivó a los gatos y se paró en una silla. Me miró, voló y se dio la cabeza contra el espejo. Me acerqué con mucho cuidado, le abrí las ventanas y se quedó mirándome. Volvió a volar, hasta un marco anaranjado, me miró y le conté que adoro que sea liviano.
Le expliqué que soy un hombre y no pretendo más que eso, pero sí quiero ser lo más completo que pueda, porque la condición humana me resulta una delicia desperdiciada muy seguido por ahí, en los días por las calles y las casas.
Entonces le conté que no tengo ambiciones de esas berretas. No creo en los aplausos ni en la admiración. No creo para nada en la posesión de la amada. No creo en el reconocimiento para tapar buracos del pecho, de hecho me gusta que mi pecho esté sin parches, curtido y abierto.
Después le dije por qué me dono al amor cuando sucede y sin mucha reserva. Es que no tengo hambre más fuerte que el de cualquier cariño, pero en especial del cariño sincero de los ojos que miran brillando, la boca que se deshace y el abrazo que explota porque existe el encuentro.
Me rasqué suave la cabeza, mecánico, se asustó, voló hasta una rama de mi árbol vecino y ahí se quedó mirándome. Le conté más hasta que la oscuridad no me dejó saber si seguía ahí.
El amor frustrado, aseguré, me resulta patético. A todos nos resulta difícil y más allá de si intento que alguna vez pueda ser más simple, la verdad es que cuando llega el amor choca contra todo lo que pueda –como él acababa de hacer-. Entonces se hace una burbuja para que no se rompa antes de nacer, porque es delicioso y está claro que merece ser vivido. Esa es la intención que me vale un acuerdo.
Entonces la burbuja por ahí anda, levita haciendo que adentro la pareja baile de verdad, con el corazón. Se descubre la delicia y eso es único, se cultiva, se degusta, es el amor, la maravilla. La burbuja se hincha de un cariño incontrolable, se embellece y con su hermosura tiñe todo lo que asoma por adentro. El pájaro, supuse, gustaría de esta manera íntima –él desconoce la intimidad- de ser liviano.
Hasta que en algún momento, retomé, la burbuja crece tanto que la realidad, esa existencia que no tiene más intención que subsistir, la empieza a presionar. Eso duele por adentro y por afuera, es el momento más inestable. El sentimiento excelente tira sin piedad de un brazo, pero de una pierna tiran unas cosas que se hacen llamar “las razones”.
El sentimiento para nosotros, necesité explicarle, es una razón, porque nosotros vivimos las cosas así. No alcanza lo que diga el pecho, además es una razón en el sentido de motivo y en el sentido racional. Es una razón de peso, mucho peso. Para mí es la mejor razón. Pero esas que se llaman “las razones” son otra cosa, algo como los cálculos. ¿Los cálculos de qué? De la subsistencia. Es el equilibrio que dan los sentidos de poco sentimiento y mucha seguridad, como un sillón.
Las dos fuerzas tiran sin pausa porque les urge superar la contradicción, las apura la posibilidad porque es fugaz. Para un lado o para el otro. O el amor se pone en la realidad o se deshace junto a la burbuja.
Acá hay una institucionalización de la voluntad de sentirse seguro, que es mucho más escasa que la de sentir gigante, pero es menos vertiginosa.
Si no se hace nada, sin acción, el amor se derrumba. Así, el amor se derrumba por decisión o por inacción y sólo se sublima con muchísimo esfuerzo.
Así las cosas se definen y confío en la maravilla cuando aparece, más allá de cualquiera de “las razones”.
Pero si aún sabiendo algunas cosas a alguien le da por tener mucho miedo y resignarse a que no puede, dejá que te diga aunque ya no te esté viendo que lo mejor que le queda por intentar es hacer de cuenta que la burbuja nunca existió, que la maravilla es un delirio. Como consuelo, concluí mientras me despedía inclinando apenas la cabeza, porque haber desperdiciado algo sublime es mucho más absurdo.
