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Intensidad

Los silencios, ahí, obviados por palabras en torrente que aunque no digan nada claman por ser escuchadas, porque lo que se transmite es la identidad, la presencia que siempre que se dedique a contemplar teme volver a dejar de existir.

Acá, por ahí, los sentidos se dedican a las distracciones que puedan para no saturarse por disponerse a recibir un mismo mensaje que se esconde atrás de algunas fórmulas que suelen acabar en carcajada. Los dramas del cotidiano son cornisas donde se pone en riesgo lo fundamental y además son plagios de esquemas suicidas, que por suerte muchas veces salen mal.

Atrás del sonido, algo contiene por gracia. Contiene el abrazo, que siempre se da en silencio o murmurando para que destaque lo que dice el alma.

Siempre está, luego, la posibilidad de disponer con temple lo que se cosecha, sin vomitar –para no desperdiciar- y sin contener –por la misma razón-. Entonces el silencio, bienvenido, para navegar dedicado a encontrar los brillos y limpiar al sentido en el sigilo de las sensaciones.

Encausado por la maravilla en el terreno, qué dicha la de no tener edad para los quiebres ni pedantería para pretender apuntalar al orgullo en el primer plano de los reflejos. La causa que se redefine en el mismo sentido, todavía y aunque sea temprano, persevera pero es paciente, porque no hay más camino que el humilde para hacer algún aporte a que la posibilidad del amor mejore.

Sin embargo, en la intimidad –el otro terreno accesible para la gloria del placer- hay algo que admiro en lo simple de que el sol no necesite plan ni permiso para meterse por la ventana a abrigar al gato que duerme.