Encontré entre las porquerías que por ahí se le hacen al amor que, por un lado, había dicho, el amor está separado entre el cuerpo y la mente. El del pecho -que es el del alma- y el de los traumas, que los dos pujan, y que se suele imponer, por hoy, el de los traumas, por eso se estanca y se hace la porquería que se dice refugio.
Pero, obvio, creer en el futuro es lo básico. A eso va la fiesta, una proyección delicada del cuerpo, entre las cosas de la vida, hacia la maravilla. O esa es la fiesta que tengo en la cabeza, o es la fiesta que a veces se encuentra. La maravilla tiene que ser el futuro, como Dios tendría que ser el destino. La maravilla no es un cuento de príncipes, no es cuento, como Dios tampoco se edifica sobre una piedra ni debe ser sagrado.
Futuro, mi alma, para ahora futuro. Veo que estructuras y consignas con olor a viejo tienden a caer, pero apenas hacen ruido y todavía podemos no enterarnos. Veo que ese amor de los traumitas cae, y por suerte caen otras cosas. Pero lo que viene no va a esperar que todos estén al tanto.
El amor, o el arte, o el cuerpo, por hoy pueden ser esos refugios individuales. Y vivir sin amor es seco, sin arte es monocromático, sin cuerpo es triste. Es lo que había, es lo que cae. El amor que tiene sólo su existencia entre las necesidades y las angustias de las personas choca, cuando apenas se despierta el alma -o el pecho- con el amor excelente del cuerpo, y los traumas son las cáscaras de un monito de papel que se quema por idiota y vive en un cuento que se llama subconsciente. El arte del vanidoso que relata su ombligo o pinta lo que nuca va a hacer choca con la creación conjunta de las inspiraciones y las sonrisas que conciertan, en el cuerpo o en la vida. El cuerpo atadito con la bronca de nunca satisfacer lo que la mente anhela, choca contra el espejo de otro cuerpo que nos enseña lo obvio de que el cuerpo no tiene más fin que sentir, y no lo rompe. La topadora que arrasa los refugios debe estar mostrando también el humo que va a dar forma a las nuevas buenas costumbres.
Pero algo, en la vida, en la desigualdad de todas las concepciones, de todas las relaciones, de todas las formas, necesita que lo que destruye al refugio asuste y obligue a correr hasta que se encuentre otro refugio, más grande o más chico, veremos, pero otro lugar de donde no salirse a romper los pruritos que ayudan a conformarse apenas con formar parte de una relación social de producción.
Entonces habrá que estar atento. Porque cuesta que se caiga lo que huele a viejo, pero parece caer aún a pesar nuestro. Pero después, futuro, para qué si no viene maravilloso, para qué si puede que no lo estemos construyendo, para qué sino para ser más libres, o tener mejores condiciones para ser felices o para amar.
Pero el amor futuro no puede pretender salirse de los traumas y ser puro cuerpo. Amor del futuro, si no busca refugio en una nueva invención constitutiva, que si no es trauma será alguna otra manera de frustración por no llegar a la trascendencia, necesita más instancias, que será baile, será comunicación, será capacidad, será libertad, será alegría. Sin buscar refugio debería buscarse lo que gusta, que es tener criterio, que es no ser un objeto.
Y esas instancias más no tienen los senderos de la institución, por suerte –si sí los tuviesen, ya se habrían convertido en ladrillos de refugio-, y por eso son instancias de libertad, y practicarlas es arduo, como los primeros intentos de baile, hasta que algo se ordena y el cuerpo baila dejando a la mente descansando en un ir y venir entre los sentidos. Arduo pero fundamental, arduo pero cuidado con no hacerlo, porque si no nunca va a estar bien, supongo que mejor que negar es intentar que siempre esté mejor. Arduo si se piensa bien. Arduo, sí, y si no mirá para adentro.