El gusano se duerme hasta que, no sé si lento o rápido, algo le dice que tiene que despertarse. Ahí se convierte en mariposa.
En algún momento tiene que despertar, porque es su destino, porque más allá de empezar a volar no tiene nada que hacer. Además, tiene un vuelo tan fantástico como el del colibrí, y lo digo sin saber si eso debería influir o si a las mariposas no les importa nada la estética.
En el despertar encuentra las nociones básicas para que sus alas nuevas tengan alguna utilidad, encuentra las nuevas costumbres, considerablemente más variadas que las del gusano. Despierta y vuela, porque despertando, otra vez, no tiene más que ser una mariposa. Y supongo que ante la posibilidad nadie se quedaría siendo gusano, ¿no?
Al lado del gusano se ve claro que hay una araña, que se acerca sin pausa para comerse la seda, que es mucho más linda que su tela, aunque no sé si a la araña le importan la estética y la textura.
Cuando el gusano despierta porque la araña está muy cerca, y ese es su instinto, aprende rápido que ya es mariposa, porque tiene que explotarle el nuevo arte del vuelo para salir penetrando las alturas que la araña nunca alcanza y por eso teje sus telas.
Entonces la existencia ya no se limita al mundo del gusano. El hecho no es que vuela, sino que amplía su universo.
Por eso no tiene miedo, porque despierta y vuela. Antes de que la tela lo atrape para la araña, antes de que nos encontremos con que no podemos circular por las calles y las plazas porque nos tendieron una trampa.