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En viaje

Pierdo, por momentos, el sentido de este viaje y su recorrido pasado. Pierdo, como aquella noche perdí, la noción del tiempo, y los márgenes de la realidad se estiran hasta la paranoia. Y escucho, en esos días donde camino como zombi, los gritos y aullidos, las sirenas y los llantos de una ciudad que ahora, imagino, es tranquila y efímera.

Esto me relató, con la mirada ausente y, al principio, en un susurro, una muchacha que apenas sobrepasaba los veinte años. La conocí, a la historia y a sus protagonistas, en una plaza de La Paz. Esa mañana había desayunado café con leche, pan casero y mermelada en un mercado. En esa mañana, las calles de esta ciudad, hermosa y cruda como su pasado, resplandecían frescas y silenciosas. El cielo recién aclaraba y una bruma leve opacaba las primeras vetas celestes del horizonte. En La Paz, mis horas discurrían entre un trabajo monótono y administrativo, y extensas caminatas por los barrios silenciosos y tranquilos. Esos barrios, al atardecer, se bañaban de oro y el viento silbaba entre las casas bajas y los niños que saltaban, corrían y jugaban. Yo, a los niños, siempre los saludaba con una sonrisa.

A ella, con la mirada ausente y su voz, en un principio, como un susurro, la crucé mientras fumaba un cigarrillo. Y cuando la vi, en su cara se revelaron los días recorridos y secretos que esa tarde me relató. En su cara también pude observar la belleza de sus ojos celestes, la boca carnosa y algunas tímidas pecas que se escondían en sus pómulos. Su cabello brillaba bajo el sol de La Paz.

Ella, sosteniendo la mirada ausente que acompañaba sus palabras, se sentó en un banco de hierro y madera. Caminé hacia ella y le pregunté qué hacía. Su respuesta, en un susurro, fue directa. Escapo, me dijo. Le pregunte, en ese barrio de La Paz que al atardecer se bañaba de oro, su nombre y a dónde iba. Viajo, hace un año que viajo, respondió.

Durante esa tarde, ella y yo, que no sabíamos qué hacer con eso que algunos llaman destino, hablamos. Sobre todo ella, con la mirada ausente y, en un principio, entre susurros, pronunció su historia.
Esa noche, dijo, donde perdí la inocencia, y que muchos se empecinan a catalogar como cordura, comencé este viaje. Frenético, el viaje. Solitario y desesperado, mientras fumaba otro cigarrillo. Pero esa noche, mientras el cielo de Uruguay se escondía, negro y estrellado en el océano, yo enterré para siempre la inocencia. Después escapé. Un acto de supervivencia, recordó que le dijo un campesino del sur de Brasil.

Alguien nos había comentado que ese pueblo era irreal, me explicó en una plaza de La Paz. Fantástico, como un párrafo de García Márquez, nos dijeron. Y a ese pueblo desconocido e irreal, partimos desde Buenos Aires. Con mochilas, kilos de ropa, cepillos para el cabello y los dientes, y la seguridad de los pasajes, cruzamos el Río de La Plata para disfrutar el verano. Éramos seis amigas. En el grupo había estudiantes de abogacía, medicina, economía y veterinaria. Las seis nos conocíamos de pequeñas. Y desde pequeñas no dejamos de caminar por las calles del barrio de Almagro. Y cuando crecimos un poco, nuestro sueño se convirtió en realidad: fuimos, solas, a Parque Rivadavia a pasar un domingo con risas y sándwiches y antes de las siete de la tarde otra vez a casa.

Mientras el atardecer caía detrás de las casas bajas y los chicos que corrían, jugaban y saltaban eran llamados por sus madres, le pregunté si quería otro cigarrillo. Sí, me contestó, y observé sus manos curtidas por el sol y el viento. Y sus manos, por primera vez, rozaron las mías. Y cuando las pieles se tocaron, entendí que esa joven, que apenas escapaba a los veinte años, sembraba a su camino una belleza que ya no recordaba. Esa belleza, lo supe por el roce de sus manos con las mías, nacía de lo profundo de su cuerpo. Escondida, esa belleza, en la oscuridad de un recuerdo que ella decidió reflotar.

No era el primer viaje juntas, me dijo, dejando escapar, de sus labios carnosos, una bocanada de humo. Su mirada, ausente, y su voz, en un susurro, todavía se mantenían intactas.

Llegamos a Valizas por la tarde. Ese pueblo, que al pisar odié, después se convirtió, frente a mi desesperación, en un páramo inalcanzable. Y maldije, como nunca antes, la decisión de irnos. Valizas, me contó mientras la plaza de La Paz se apagaba, parecía Macondo. Y entonces descubrí que esa chica, de boca carnosa, ojos celestes y tímidas pecas que se escondían en su cara, leía a García Márquez.

La tarde en que las seis amigas llegaron a Valizas, sobre el pueblo descendía una mancha oscura cargada de humedad y tormenta.

Las casas, humildes y grises, nos acobardaron. No sabíamos qué hacer, me dijo. Tardaron algunas horas en encontrar un lugar dónde dormir. Y en esas horas de búsqueda y espera, descubrieron la fuerza de una tormenta que arrasa desde el mar. Después, cuando la casa que alquilaron encontró un orden que cobijara a las seis amigas, fueron a un bar y comieron milanesas de pescado y bebieron cerveza helada. La tormenta se había trasladado al sur.

En Valizas estuvieron pocos días. Recorrieron, hasta el cansancio, la extensa playa y llegaron a Cabo Polonio. Observaron, las seis amigas, como alucinadas, el faro que se diluía entre la resolana y, en ocasiones, una bruma pálida y liviana. Y en esos días, me relató la muchacha que me había rozado con sus manos, bebimos cerveza helada y comimos pescado en las noches que finalizaban en la playa, extensa y suave, confesando nuestros miedos y vergüenzas. Y conociendo a chicos que ninguna de nosotras deseaba conquistar.

Pocos días, repitió, en el último susurro que dejó escapar su boca. Nos fuimos a otro pueblo y, entre carcajadas y silencios, llegamos a Aguas Dulces. Y en este lugar, donde las familias caminaban por calles de tierras, me enamoré de Juan, de sus ojos y timidez. Y con Juan, en ese pueblo donde las familias intentaban compartir la felicidad, cometí la primera locura de mi vida. Una locura que disfruté hasta que asesiné al hermano de Juan.

Las palabras de esa muchacha, en una plaza de La Paz, me llegaron aturdidas, saturadas, en una clave indescifrable. Rogué que sus manos me rozaran otra vez. Pensé, con esperanza, que si eso sucedía sus palabras se esfumarían en un atardecer que se escondía detrás del horizonte.

Pasaron, tal vez, minutos hasta comprender lo que decía esa muchacha de boca carnosa, piel curtida por el sol y el viento, y una belleza que nacía de lo profundo de su cuerpo. Y cuando logré descubrir el significado de lo recién escuchado, y la historia de esa joven que apenas sobrepasaba los veinte años, observé sus ojos. Y en ese instante, sus ojos fueron inhallables.

Me contó, esa muchacha con el cabello de oro aunque el sol de La Paz se esfumara entre las casas bajas, cómo fueron esos días en Aguas Dulces. Y cómo, en una noche con brisa de mar y estrellas, Juan la observó y le regaló una sonrisa apenas las seis amigas cruzaron la puerta de un bar. Las seis, estudiantes aplicadas y con futuros promisorios, deslumbraron a más de un muchacho cuando se acercaron a la barra y pidieron, como siempre lo hacían, cerveza bien helada.

El silencio, durante esa noche con brisa de mar y estrellas brillantes y lejanas, recién llegó antes del amanecer. Hablamos, me dijo la muchacha. Y nos reímos. Y descubrí, en esa persona que todavía amo, sus facciones que siempre mostraban ternura, y sus carcajadas que retumbaron en todo mi cuerpo, y también, su piel y su calor cuando abrazaba. Con Juan nos besamos, recordó. En esa plaza de La Paz, que oscurecía junto a la ciudad, los ojos celestes de esa joven me observaron fijos por primera vez. Y entonces descubrí que el dolor no respeta los momentos felices y compartidos entre dos personas.

Nos besamos, repitió, y sus ojos bajaron y traté de pronunciar alguna palabra pero no existían, en ese momento, frases, consejos o reproches que pudieran ser dirigidos a una mujer que había asesinado por desesperación y amaba, con desesperación todavía, a una persona que nunca más estaría a su lado.

La familia de Juan era un poco extraña, me dijo, los ojos celestes brillando en la plaza de La Paz. Su padre se dedicaba a comprar y vender empresas y casi todo el año viajaba por el mundo. Juan no hablaba mucho de su padre y siempre me decía que era un hombre muy trabajador y que el único problema era que se veían poco. Su madre, una mujer flaca, de cabellos castaños y piel transparente, sufría hacía varios años una crisis depresiva que la mantenía encerrada. Durante esos días en Aguas Dulces, la vi dos o tres veces, no más. De lejos, porque nunca entré a la casa de Juan. Me decía que no, que era mejor disfrutar el sol y la playa, caminar durante el atardecer y perdernos en la noche. Eso me susurraba: perdernos en la noche. Y yo, que luego de conocer la historia de Juan y su familia cometí mi primera locura, me estremecía y nos besábamos cuando el mar y el cielo negro se fundían en nuestros cuerpos, y nos escondíamos en lugares secretos para hacer el amor y transpirar y vivir hasta el agotamiento.

Su hermano, que era un año menor, se llamaba Rodrigo, me relató la muchacha en una ciudad hermosa y cruda como su historia. A Rodrigo lo asesiné y a veces me arrepiento, y sus ojos que ya no eran inhallables me observaban.

En esa plaza de La Paz, y frente a una joven de labios carnosos, pecas escondidas en sus pómulos y la piel curtida por el viento y el sol, mi vida, monótona y administrativa, se llenaba de dudas, preguntas y una tenaz admiración que tampoco recordaba.

Esa mujer me confesó cómo asesinó. Sus ojos, que ya no eran inhallables, reflejaban fuegos o dagas o recuerdos tristes. Por desesperación, por impotencia o en defensa propia, asesinó. Tal vez, pensé en esa plaza que se opacaba sin tiempo, cometió un acto de amor inabarcable. En las mismas circunstancias, arriesgué, yo habría asesinado. Antes de retomar su historia, también me dije que esa muerte era un fatal acto de justicia.

El cielo estaba despejado y la brisa del mar silbaba como un leve murmullo. Las amigas, casi abogadas, doctoras, contadoras y veterinarias, se habían separado. Ella, sentada en una plaza y frente a mi cara, decidió quedarse junto al hombre que todavía ama y añora. Esa fue mi primera locura, dijo. Abandoné las vacaciones planificadas y compartidas, y decidí quedarme con Juan. ¿Vas a estar sola?, me preguntaron. No, les respondí. Alquilé una casa más pequeña y preferí pasar menos días recorriendo las playas uruguayas. Preferí, y no me arrepiento, gozar las noches y recibir los amaneceres junto a Juan y su voz en mis oídos.

Observé, en su cara que resplandecía aunque el sol en esa plaza ya había desaparecido, sus ojos celestes, fijos en un suelo con historias crudas y hermosas, y las manos, curtidas por el viento, tranquilas sobre sus piernas. Esa joven, que muchas personas que no entienden de amor y desesperación calificaron con palabras denigrantes y cómodas, me dijo cómo fue esa noche donde su vida se echó a rodar por cientos de caminos.

Llegué al bar donde siempre íbamos con Juan, murmuró, y sus ojos se clavaron en los míos. En ese bar nos encontrábamos, a veces un poco cansados, pero enseguida nos besábamos, tomábamos una cerveza y nos dejábamos llevar.

Esa noche Juan no fue. Me lo dijo el hermano, rodeado por su grupo de amigos. Juan está descompuesto, tiene fiebre y me pidió que te avisara. Mañana pasá por casa a saludarlo. Le respondí que bueno, que entonces me iba. Pero Rodrigo me dijo que me quedara un rato y me hizo un chiste sobre Juan, que no podíamos respirar si no andábamos juntos y que me divirtiera un poco. Sus amigos, herederos de doble apellido, me incomodaban. Entonces Rodrigo me dijo que me acompañaba hasta donde yo paraba. Cuando salimos del bar, atrás quedaron algunas carcajadas y comentarios humillantes. Los amigos de Rodrigo pensaban con la pija, recordó esa muchacha que escapaba, mientras yo intentaba seguir el hilo del relato asaltado por contradicciones dormidas hacía años.

Antes de llegar, Rodrigo me quiso violar. Y después de forcejear y escupirle la cara, lo asesiné. Me solté por un instante y a un costado de la calle había una botella vacía. Corrí, la agarré y se la partí en la cabeza. La botella estalló y me quedé con el pico en la mano. Con ese pedazo de vidrio, y desesperada por el horror, le corté la garganta. Después escapé.

En los fondos de esa plaza de La Paz la noche se escuchaba difusa. Algunos sonidos llegaban como las luces de las estrellas. Esa mujer, que apenas sobrepasaba los veinte años, había finalizado su historia. Me dijo que tenía que seguir. Y que en este tiempo había trabajado en los oficios jamás imaginados para una futura madre de familia con título universitario. También sentenció que nunca encontraría consuelo. Crecí de golpe y aprendí a defenderme, dijo. Los labios carnosos se detuvieron y sus ojos se despegaron de los míos. Le pregunté si necesitaba algo, ayuda, dinero, un lugar dónde dormir. Antes de despedirnos me susurró que lo único que la mantenía viva era viajar, no dejar de moverse y el recuerdo cada vez más lejano de las noches junto a Juan.

Cuento publicado en el libro “En el barro”
(Editorial El Colectivo – Febrero de 2008)