Se encuentra usted aquí

En realidad, a lo mejor.

Existe la insistencia, que constituye, de una búsqueda. Tengo lo que puedo, tengo lo que hago, tengo lo que anhelo, tengo lo que hago para que cerca del anhelo lo que puedo y lo que hago mejoren. Porque hay que mejorar, hay que buscar estar más cerca de lo que persiste como deseo. Es la base. Tengo la música y tengo una noción de que me encantaría que modele a mi cuerpo.

No creo que esto se resuma en las relaciones de amor, pero sí que se aplica. Y no que tiene que ver necesariamente con individuos, no que se resume en una ausencia que se desea presencia, no que tiene que ver con sentirse propietario del vientre o la semilla de mis frutos. Sí que es la búsqueda de lo que una relación de amor tiene que dar, y sí que eso se ve en los brillos, o en los reflejos, o en el aire que nunca alcanza para darle al pecho la amplitud para acompañar el fuego que explota desde su nacimiento hasta siempre, más allá de las ausencias, porque tiene que ver con sentir. Y sentir se hace cada vez que se puede, que es tener condiciones y comprometerse en caminar por la cornisa que hace lo profundo para sobrepasar a la costumbre.

Podría no hacer lo que me lleve cerca del anhelo para ser mejor en la posibilidad y en la actividad, pero mejor paso, y adelante. Podría pretender convertir al anhelo en omisión, pero estaría renunciando a lo único que existe, que es la realidad, que es la búsqueda de mejorar.

Todo es irreal menos la búsqueda de mejorar todas las condiciones para la existencia. Porque todo lo que pueda limitar esa búsqueda, sea relación social o trauma, es reversible con una búsqueda sostenida de libertad. Lo demás no importa.

No buscar es una premisa del confort, el placer de la quietud. La superación no puede ser inquietarse, sino darle al movimiento un sentido, que es buscar acercarse a lo mejor.

La relación de amor se conmueve con la dulzura, con la fortaleza, con lo generoso de donar una parte de sí mismo -la más linda- para la construcción de una realidad conjunta, con la gratitud. Todo lo que compone a la delicia. Pero la relación de amor existe cuando la situación obliga a la reacción que no se razona, que es dejar actuar como se siente, y esa percepción puede ser la gloria, puede ser la desazón.

El Príncipe Azul y La Cenicienta se sacan la ropa despacio en el anhelo del imposible que acaba en la frustración y la quietud del conformado, cuando quedan desnudos nos tapamos los ojos porque nos da vergüenza mirar para ver que no puede ser perfecto. Por fuera de esto, la delicia de ver que por amor brillan los ojos dice siempre que, entre lo que el otro me hace hacer y lo que es, la realidad siempre es la condición material y la expectativa de cambio. Ni la existencia sin historia y sin proceso, ni el anhelo sin impulso en la existencia. Ni el confort ni el delirio.

Querer acercarse al anhelo que puede hacer mejor que no es un imposible sino mejorar las condiciones materiales para poder ser felices, es asumir una realidad crecida.

Esa maduración, aunque a veces conlleve rabia y choque, también da la paciencia de entender que el objetivo, el ritmo del anhelo, no se mueve aunque lo cotidiano parezca sacudirse sin ninguna música. Para acercarse hay que estar siempre bailando.