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El humo

Acalambro mis ojos por mirar un poco más allá, porque nadie empezó sabiendo.

Es que quiero limpiar al futuro porque estoy en la tarea de dejar el uso compulsivo, el absurdo escudo cotidiano del tabaco que al mismo tiempo que me esconde de mí me daña sin remedio.

Será un duelo justo. Hace un par de raspones que me empecé a dedicar a tratar de no estropearme. Esta contienda es de las básicas, y el duelo pega en lo constitutivo, por suerte en el recorrido me fui haciendo más o menos valiente para enfrentarme con la parte oscura de lo propio.

No tolero que cada intensidad se limite con el cigarro, no más. No tolero tampoco ver en mi cuerpo insano las repercusiones. Por eso lo despido, aún cuando todavía de tantas cosas no me haya curado, porque para curtirse mejor hay que dejar los escudos.

Miré con descuido las delicias que parecen haber quedado atrás y la intención que nace suele ser la redención. Si otra vez el peligro me obliga a que los pálpitos marquen otro ritmo que el del amor, detesto al percutir y ya me quiero disculpar sin tocar retirada, porque también me hice valiente para las epopeyas del placer. Aunque ciego; atento, dulce y firme, como los besos que admiro.

Me estremece la luz que abre a la flor que se nutre con el sudor de la gran muñeca que llora silenciosa cuando una paloma se choca en mi pecho desprevenido y me roba una gota de sangre que multiplica a la misma luz, tal vez para inventar un futuro más amplio. Quiero decir, me estremece el recorrido y me acalambro los ojos para mejorar algo adentro y que el devenir me encuentre listo.

Es que vienen con garras a defender sus miserias, porque son carniceros con todos los cuerpos (los que anhelen, los que resistan y los que se abandonen), porque para alimentarse no desarrollan mucho al paladar y todo sabor les cae indiferente. Yo no me quiero dejar, pero eso es una intención y mucho no cuenta para las cuestiones prácticas. Si después cuenta el resultado, las buenas actuaciones serán anécdotas que pueden decorar los relatos que alguien quiera hacer. A mí me desesperan la disposición a la derrota, la pasividad, la prepotencia y la inocencia.

Entonces me despido de la práctica absurda del escudo de humo para cada placer, cada dolor, cada sufrimiento, cada espera, cada ansiedad, cada hambre, cada satisfacción, cada frustración, cada inicio, cada charla, cada final, cada goce, cada ardor, cada exposición. Cada angustia, sobre todo, y ahí se ve lo burdo de todo esto. Me dispongo a mejorar el camino, porque nadie nació sabiendo y estoy a tiempo, además, de guardar para lo excepcional a la práctica sensual de llenar mi boca de humo y dejar que asome alguna ocurrencia, palabra o beso.