Hoy el aire, con su voz tejida por los hilos del tiempo, estuvo cantando secretos que escuché por su distracción y mi curiosidad.
Cantó que no recela ni al viento ni a la luz, con ellos se complementa porque el elemento vale por lo que es, no por la intensidad de lo que lo rodea. También dice que aunque sea vital el aire no es más que ningún chaparrón, porque la vida es fruto de tantas energías que la naturaleza no permite que en su reino ninguna existencia se pretenda coronar. La causa por la que se proyecta todo suceso en la naturaleza es la vida y por eso acá estamos, con el agua y el fuego que posibilitan tanto como amenazan.
Cantó que no tiene que crecer cortando con su filo, porque su lugar es contorneándolo todo. El aire acaricia, abriga y se brinda. Al agua la cubre, al fuego lo alimenta, al pájaro le abre paso. A mí me contiene en este cuerpo cada vez que la energía del alma me quiere expandir hasta la eternidad, porque el alma no sabe esperar, porque el alma no sabe del tiempo, porque es infinita.
Cantó que no envidia nada porque el aire conoce todo. El aire se mete en los rincones de cada cosa, burbuja en el agua o grieta en la piedra. Como conoce todo, se sabe completo y con esa noción alcanza para no pretender ser más ni mejor que cualquier otra existencia. El aire se vincula con todo porque recorre.
Cantó que a nosotros, los que también tenemos la capacidad de aprender pero estamos por acá de paso, le gusta llenarnos el pecho de aire. Cantó que cuando se encuentra con uno de los nuestros que siente crear amor, nos llena de melodía la respiración y nosotros le devolvemos un coro de suspiros que lo aumenta. Sabe que nosotros estamos de paso, pero tenemos la capacidad de crear y que la creación del amor multiplica lo que sea por la vida, incluso al propio aire.
Cantó que le gusta abrir paso para el vuelo de las almas que buscan, con impaciencia, romper los moldes de la vida que la mezquindad -que también es creación nuestra- necesita para que haya beneficiados y perjudicados.
Me quedé escuchando, batiendo con los pies en el suelo, con cuidado de no aplastar a las plantas, y con el pecho suelto al aire para aprender algo de esa existencia que permite que todos hagamos lo que podemos.
El aire se hace remolino y le rehúye al aliento de los malogrados que se refugian en la pedantería, por eso ellos andan con el pecho escondido.
El aire canta que tiene causa, como los que rompen moldes, como los que por virtud desprecian al ego porque es base de cualquier patología, como los que abren las manos que crean para que la maravilla crezca.
El aire canta, constante, que no alcanza que todos respiren, porque él se va a llenar de fragancias (una porción la gozan, como incentivo, los enamorados) cuando lo enriquezcan almas que cultiven flores para vivir una existencia mejor. Allá, entre la vida y la felicidad no están los límites de piedritas que acumulan las corrientes –que en la huevera cotidiana son multitudinarias- de reprimidos, ventajistas y conformes. En el mito que funda al futuro, la causa, la erosión en las piedras la hace el aire que surca libre para que en su fragancia se inspire sentir amor.
