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De Terror

Un día después de la aprobación de la "Ley Antiterrorista" -proyecto presentado por el Poder Ejecutivo- en la Cámara de Diputados, Hebe de Bonafini el jueves en Plaza de Mayo decía: "Ya nos han tildado a nuestros hijos de terroristas, a las Madres de terroristas, a los piqueteros de terroristas, a los que toman las fábricas de terroristas. Para estos señores, para Bush somos todos terroristas".

No hay originalidad en la paradoja siniestra. En el escenario mundial, George Bush señala como terroristas a las víctimas de su terror. El método se llama "Guerra Preventiva" y tiene justificativos teóricos en el marco del "choque de civilizaciones" concebido por Samuel Huntington. Este teórico académico planteó en 1993 que occidente debería sincerar la amenaza real que significa todo el mundo no-occidental (en términos culturales, de proyecto o cosmovisión divergente) y que el modo de realizar esto es la puesta en práctica de la protección de occidente. Esto es, el ataque preventivo. El autor, teórico de lavamanos (en esta escuela un teórico no justifica prácticas sanguinarias, sólo "analiza situaciones"), también fue asesor del gobierno del presidente Johnson durante parte de la invasión a Vietnam. Una historia congruente.

El terrorista no tiene nacionalidad, es todo aquel que se oponga en alguna medida al predominio occidental, que hoy es lo mismo que decir la prepotencia norteamericana, gringa, yanqui o del mercado. O una identidad es terrorista y ahí están las persecuciones a los musulmanes en occidente o a los vascos en España. O una ideología es terrorista y acá estamos, o estamos en Venezuela, o en Chiapas, o en Cuba, o en Bolivia. O un Estado es terrorista y ahí está Corea del Norte. Y todos y más con sus etcéteras interminables. El dedo acusador tiene el disparador automático.

La nueva ley apunta a la represión del financiamiento del terrorismo. Es la línea que se bajó a partir de la semana siguiente del atentado a las torres gemelas desde el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, mediante el Convenio Internacional para la Represión de la Financiación del Terrorismo y con el sustento del Grupo de Acción Financiera Internacional (FATF-GAFI).

La represión del financiamiento de actividades terroristas sería una cuestión a analizar, de no ser porque la definición del terrorismo que desde Estados Unidos se da por aceptada es la que nos estremece. Siempre alguien está acusando a los luchadores, acá y afuera. Nadie define a los terroristas desde el poder, en la ley hablan de "Asociación Ilícita Calificada" de aquel que "mediante la comisión de delitos" obligue a un gobierno u organismo a hacer algo o dejar de hacerlo.

Para la represión a la que apunta esta norma, es obvio y no es menor, se le otorgan facultades a la Policía Federal (por ejemplo la probable ampliación del Departamento Unidad de Investigaciones Antiterroristas) y a la Justicia Federal. No cuenta el Estado argentino con otros medios. La Policía Federal se caracteriza tanto por la voluntad de represión y castigo de las expresiones disonantes como por la convivencia y connivencia con las organizaciones delictivas. La Justicia Federal, estructurada desde la pertenencia a los sectores dominantes por filtros económicos y relaciones personales, otro tanto, pero con tonos más académico.

"Terrorismo" es un término acusador esgrimido por los centros de poder occidentales para la cacería de brujas. Así durante la guerra fría, así para las luchas latinoamericanas, así en el escenario complejo de hoy. No es aceptable, no es negociable, no se puede permitir. Las Madres dicen "esta ley es imposible, no la podemos soportar, no la podemos aguantar. No puede mandar Bush en nuestro país. Esta ley tiene características muy graves que se van a aplicar según se le cante a cada uno. Es mentira que no es para los que luchamos". "Terrorismo" se aplica según se le cante a cada uno de ellos, que por lo general tienen criterios similares. Terroristas somos todos los que nos oponemos al orden social injusto, a la prepotencia del poder, o al terror. El marco legal reaccionario refunda la lengua, la puebla de ambigüedades.

Esta Ley fue propuesta por el Poder Ejecutivo, impulsado por Cristina Fernández de Kirchner en Senadores y defendido por Vilma Ibarra. Estados Unidos dibujó el mapa, Naciones Unidas le puso colores, el Consejo de Seguridad dio su visto y acá es Ley. Colombia tiene sus decretos antiterroristas que, siendo más agresivos en la forma que el que fue aprobado por el Congreso nacional, insertos en aquel escenario son un buen libreto tanto para las fuerzas represivas del Estado como para las paraestatales. Chile tiene la suya y durante 2006 los hechos demostraron que su aplicación apuntó contra las comunidades mapuches, y las denuncias de violaciones de derechos humanos se propagaron. La Ley se puso en discusión. La Ley continúa como entonces y la represión también.

Los contenidos de las normas varían, las hay más agresivos que el que vamos a padecer. Pero todas se encaminan en la doctrina del ataque preventivo, de la represión al ataque potencial. Se da un nuevo empujón en la represión al enemigo indefinido (la indefinición es un arma muy potente en manos del poder, que suele ser paranoico) que tendrá los rasgos que la justicia considere pertinente asignarle según el caso.
De repente, otra vez, en el Congreso Nacional el progresismo (PS) no se alineó con las exigencias imperiales, el híbrido ARI tampoco, sí los demás, menos el ex compañero de Luis Zamora, Carlos Tinnirello, y el único que salvó, sino las ropas sí una telita del Proyecto Nacional en su contradicción institucional, fue Miguel Bonasso.

Hasta para el final, una delicia del PRO en el nombre de Nora Ginzburg, rústica como su referente, diciendo a viva voz, como iluminada por el odio de la reminiscencia sobre los pocos que habían ido a repudiar la nueva Ley: "De qué derechos humanos nos van hablar los comunistas".
Para nosotros, escalofríos, resistencia y reivindicar lo que somos.