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Cuerpo al tiempo

Soy amplio. Tengo el cuerpo compuesto por partes inquietas, con sus diferencias, en la búsqueda de la composición prismática. Tengo una inquietud que me estira, por eso soy amplio.

Las plantas de mis pies son delirios. Inquietas y delirios. Deliran porque no ven al tiempo transcurrir salvo cuando, por suerte a veces, me pongo con las piernas para arriba y vuelven a soportar el propio peso sin agregados. El tiempo, para ellas, sin luz, no existe salvo cuando se encuentran con otras partes, entonces dicen que el tiempo les pasó a pesar de ellas. Por eso mis plantas de los pies no se van a arrugar por el tiempo, aunque sí por la fricción.

Entonces voy a decir de mis manos, que siempre están viendo al tiempo, a pesar mío. Las manos desesperan, son inquietas desesperadas. Las manos se desviven por tocar presente (que mientras yo dure es infinito) y ahí van, tocando y gesticulando para intervenir en el tiempo. Las manos no saben esperar, porque ven que el tiempo pasa, y no lo agarran porque no se puede. Las manos atacan al tiempo sin darle, entonces se dedican a algo menos frustrante, lo abordan al presente, tocan lo posible y gesticulan. Por eso desesperan, no enloquecen por eso, simplemente no saben esperar y no lo hacen. Decía, abordan al tiempo como les sale. Y, por suerte, eso no me trajo grandes contratiempos.

Mis ojos contemplan al tiempo reconociéndolo. Son tranquilos. Inquietos pero tranquilos. Miran con impunidad o discreción, según interpreten, y recortan lo interesante para no distraer a la mente con otras características visibles. La tranquilidad está en que son conscientes del tiempo siempre, porque la luz viaja –es una redundancia- y se dan cuenta, pero no corren, porque miran a la misma velocidad que el tiempo tiene en el presente. Los ojos están tranquilos porque siempre, si quieren, llegan. Una gran virtud que ninguna otra parte tiene. Mis ojos tranquilizan porque entre ellos y lo visible el tiempo es impotente. Pero los ojos son inquietos, porque sólo mirar es nada, y entonces quieren que el cuerpo siempre esté alcanzando, completo, al tiempo. Eso es imposible. Pero para que el cuerpo esté tranquilo los ojos saben que tienen que estar tranquilos ellos, porque el cuerpo sólo va a saber llegar a lo significativo a tiempo porque está tranquilo, si no siempre se le va a hacer tarde o temprano, según. Mis ojos están tranquilos, en definitiva, porque el que sabe siempre es tranquilo.

Con mi entrepierna pasan otras cosas. Nunca ve, aunque muchas veces presiente y otras siente. El tiempo le pasa con desespero porque la vida se recortó socialmente en base a su utilidad, y cuando no servía, me preparaba para la vida, cuando deje de servir me prepararé para la muerte, y mientras tanto la vida. Y a la vida hay que vivirla. Por eso a mi entrepierna le pasan muchas cosas. No digo más. Y aunque viva enfrentando las limitaciones sociales, también tengo que reconocer que en este terreno hay mucho por cambiar y yo no estoy más allá de la sociedad.

Mi torso se quiere llevar al tiempo por delante, y si no lo hace (creo que no lo hace) hace que parezca que sí. A los ojos les gusta eso. Cuando el torso hace que parezca, el mundo se abre como una fruta y se muestra dulce, tierno, recorrible. Mi torso no hace que parezca mostrándose rotundo, lo hace mostrándose abierto, y le dice al tiempo que cabe entero adentro, entonces el tiempo se oculta y parece que todos son los momentos de la posibilidad –de cualquier posibilidad-. Mi torso es optimista, porque cree que, si bien no puede nunca contener al tiempo, sí puede hacer que eso no importe, porque el tiempo podría caber, si mi pecho quisiera, por ejemplo en un abrazo.

Mi boca tiembla cuando el tiempo se le escurre, sobre todo si ve en el presente que se le escurrió el pasado. Mi boca se abre cuando mi idea quiere futuro, y las ideas siempre buscan eso de trascender, porque ahí está el futuro encontrándonos listos. Por eso ser listo. Mi boca da besos porque me encanta el sabor del presente cuando es húmedo.
Mis piernas adoran una parte del tiempo, y junto a las manos, el torso y la cabeza, salen al cruce del tiempo en el baile. Deliran, se sumergen en un tiempo, a otro tiempo, al transcurrir íntegro como si hubiesen alcanzado. Mis piernas, para abordar al tiempo, son divertidas siempre que pueden.

A su manera, todas las partes saben de la muerte, porque es el final del tiempo, y todas las partes quieren actuar antes de que el tiempo se termine. Entiendo que el tiempo siempre es la peor cosa, la inmanejable. Aún cuando hay que pasar para llegar a otro tiempo, el transcurso es la peor parte, por eso se siente bien siempre haber llegado, por eso llegar es algo deseable. Yo no quiero manejar todo, pero no quiero que todo esté manejado por el tiempo. Por eso soy amplio, para que no me sorprenda un final cuando podría haberme no quedado quieto.

Por esto todo baile, para abordar al tiempo con el amor del cuerpo propio. Por esto el abrazo, el beso, los ojos y la escritura. Para que nadie piense que siempre es tiempo, porque el presente es cada momento, no todos los momentos. Y la intención de escribir es que se lea en el momento justo.