Los raspones secos en el torso son la marca del costo de hacer un camino sin cohibir el anhelo que avanza entre estructuras filosas.
Creo en el amor tanto como en mis cejas. Confío en la posibilidad de regar con mucho entusiasmo y constancia una intimidad deliciosa que me permita soñar con el objetivo que tiene la entrega de todos los días.
No pretendo monotonía, cuesta mucho haber tenido que saludar la retirada de presencias deliciosas porque me tuvieron que poner en el lugar de las opciones –la existencia o yo, sólo puedo ser irreal-. Nunca pretendí un lugar, porque lugar ya tengo, ¿no se ve? Yo quiero vínculo para la dedicación a la construcción de una realidad que se enriquezca con cada beso en la generación de maravilla. Lo demás lo desconozco en el anhelo.
Encontrar personas que están haciendo una búsqueda siempre es posibilidad que se abre. A veces está ahí el desperdicio de basar la interacción en la expectativa de que el que busque encuentre y que en el hallazgo esté comprendido uno. Es mucha especulación. Sucede más que se interrumpe la búsqueda y todo se limita a la suplantación de roles para distraer el tedio de lo cotidiano, por dicha reafirmo que no pretendo un lugar. Si quien camina al lado se retiene, a mí me duele.
No encontré nunca el sentido de padecer mucho tiempo la misma frustración. Eso me salva de estancar el camino. Y la frescura de una de mis heridas me da aliento porque es la huella que deja un empuje que no termina ni pega giros. Lo mismo pasa con los tesoros nuevos que disfruto sin mapa.
Agotan sostener el esfuerzo de mantener el dinamismo sin caer en la inercia y la paciencia de confiar en alguien aunque los episodios incentivan otra percepción. Pero si no soy capaz de esas dedicaciones, acá no pasa nada salvo por las oportunidades que brinda tener buena suerte.
No me entusiasma el dolor, me enseña. Adoro a la vida y no por eso me conformo con cuidarla con los roles, entrego todo cada vez que la situación amerita –que las vísceras me empujan, instintivas- y la muerte no me preocupa porque no me conformo con el futuro que proyecta el presente. Pretendo mejorar todas las expectativas que se me vayan a ocurrir mañana. Mañana, por suerte, voy a tener más motivos para seguir creciendo, y eso es más maravilla y también son más heridas. Soy devoto de esa manera de vivir cada vez que estoy entero.
Si acá hay muchas estructuras que se caen, porque ya no contienen y no sirven para nada más que frustrar, esto va a superarse. Espío con todos mis sentidos qué es lo que mejora el significado del futuro.
Una intimidad rica para una expectativa creciente que empuja una entrega con el mayor de los sentidos: más libertad, más amor, más vida. La vivencia atenta para que la crítica fertilice es la generación de la experiencia que hace crecer.
Adoro al intercambio y eso no se acaba en el goce, también aprendí a fluir en otros placeres que me hacen tener más sabores.
Crezco, aunque la construcción de los días cueste a veces más que el humor, porque hay mucho refugio de techo bajo y me dan asco algunos pasatiempos, porque ningún espanto me deja perplejo como para distraer a los pasos del sentido. También aunque me parta el alma ver flores marchitarse porque donde no gotea no hay brillo ni se crece.

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