Prefiero otro silencio. Después de los susurros que me habían perturbado (creí que me había aturdido, pero era apenas un zumbido) se silenció alguien que no era yo. Eso digo, no preferí este silencio, porque no voy a elegir lo que no voy a estar haciendo. Eran mis silencios los que querían armonizar los ruiditos de otros desórdenes.
El silencio es una gran imposición, y padecí eso antes, ya lo reconozco en una mirada. No me gustan las imposiciones.
Cada dolor de panza se lo endilgo al silencio. Cada latir de párpados también. El silencio que se me impone es, todavía para mí, un padecimiento descontrolado.
En la bravura de la indefinición el silencio es una brisa. La castración y el silencio se potencian y a mi, que no quiero saber de esos hechizos, me violan siempre, piense o me distraiga.
Por eso había querido que me quieran con simpleza (divina simpleza, cantame un suspiro), y las flores no dan eso. La flor, que es divina, no resiste mis manos. La flor es un delirio. Y si me encuentra un perfume debilitado cuando yo estoy intentando bailar, la pasión desconsuela. Hay olores que en mis virtudes se me agotan en la nariz, y ahí... mi idea ya se habrá enterado de lo que le gusta, pero ya no se siente fragancia y el baile permanece.
El poder es silencioso y la impotencia chilla. La castración silenciosa es intolerable por la contradicción, y, bendita, la síntesis es impredecible. Orga es dinámica.
No sé cuántas ideas me contemplan todavía, no sé cuándo. Algo hace lejanos a los anhelos y son añoranzas, hay mucho de irrealidad en todas esas cosas, el amor no tiene este recorrido. En el borde del camino hay un silencio, ¿y yo cómo voy a enterarme? ¡Yo creo todavía saber cosas del amor! Pero cuando las digo me da pudor, yo no cargo con ninguna de las cosas que hacen posible tanta despedida y ser inocente hoy es mi vergüenza.
Silencié catorce veces el relato sobre la intimidad. Y aquel silencio sí lo preferí. Cuando aparecen estos otros, los intolerables, mi intimidad es la violada, porque la abro para que algún sigilo aborde. Y en todos los lugares donde la intimidad se hizo curiosidad para las cuñadas virginales yo, inocente, salí por la ventana.
Cuando caía, dije, dejé de ser inocente o altanero (misma esencia). Hoy hay patinadas que me dejan de pie y me hacen pensar... tal vez ya me haya levantado y la primera en enterarse sea la maravilla.
Síntesis: O los silencios se extinguen en asunción o se acaba el silencio cuando no quedan sentidos.