Quedaron quietos, todos inmóviles los caminantes al impactar visualmente con aquel hombre estático.
Ninguno de ellos estaba acostumbrado a ver otra gente que no fueran ellos mismos, cinco caminantes incansables que en sus largas caminatas solían hasta olvidarse de ellos mismos.
Los cinco miraban por única vez en el último pedazo de memoria a un extraño, a la diferencia impactante de lo desconocido, a otredad.
Caminaban en círculo rodeando al estático, quien también los miraba (incrédulo).
Los caminantes decidieron indagar. Comenzaron:
El estático parecía contento con su palabra. Los caminantes, caminando, no podían demostrar lo obvio del beneficio de caminar sin parar.
Caminantes caminando, pensando en cómo explicarle al estático cuál es el beneficio de nunca parar de caminar.
Caminantes pensando, distrayendo su andar, dejaron de caminar... Y los animales huyeron de su lado. Ninguna ardilla cría cuervos. Los caminantes contradijeron su naturaleza al detener sus pasos.
Los caminantes fueron por caminar. Inmóviles, como los convenció el estático, lejos de ser eternos, no resistieron su quietud y volvieron a andar, pensando en cómo explicar su ventaja, la ventaja de caminar y modificar el mundo.
Emprendieron un camino que nada quiere enseñar y que todo lo tiene por aprender. Empezaron por pisar endeble cualquier suelo, masticaron frutos, raíces y animales. Aprendieron de sí mismos a cuidar lo innecesario, descubrieron la voz del Todo, que no aturde pero muy fuerte se escucha dictaminando lo correcto y lo incorrecto, que aunque no sea verificable siempre está cerca de cumplir con su cometido, al menos más de lo que la voz solitaria o corporativa de estos cinco podría haberlo hecho.
Sin ningún pacto y sin contratos se conjugaron las tareas por venir. No había reproches, cada quien se disponía a cumplir con su parte aunque no sea lo preferido. Nadie refunfuñaba porque las tareas de cada uno eran las tareas de todos.
No envidiaban lo que el otro tenía, porque aunque no tuviesen lo mismo, eran iguales a la hora de conseguirlo. Cada quien era dueño de sus palabras y cada cual se las podía apropiar al instante siguiente para expresar un pensamiento que ya no era el mismo.
Lejos de ser idénticos tampoco intentaron serlo. Eran bien iguales para la vida, que los podría haber abandonado en cualquier momento, también eran iguales para la naturaleza que tanto los mojaba como los resquebrajaba con los rayos del sol sin pedirles permiso. Ellos tenían las dotes de cualquier hombre, y no eliminaron sus diferencias, las elevaron hasta hacerlas melodías conjugadas con sus semejanzas.
La tolerancia por la diferencia no la entendieron desde el dejar ser. Concientes de que lo existente no era copia de lo que para el otro existía, aprendieron a ver que en comprender estaba por sobre todo el poder de aceptar la diferencia y tomarla como la existencia del otro. La identidad propia se conformó a partir de la existencia del otro pero no como negación, sino sobre todo como aceptación de un estado máximo que comprendía las cinco existencias como independientes y complementarias.
Ninguna voz se alzó por sobre el resto desde el comienzo. Todas valieron lo mismo. El dejar ser se sustituyó con el aprender a ser y todo fue posible porque nadie esperaba que el otro algún día pasase a ser parte de sí mismo. Cada quien brindaría su humanidad a la tarea más gratificante que es la tarea colectiva. La esperanza era que no los comprenda a ellos cinco, sino que los supere y los envuelva en algo mucho más inmenso que todavía no tiene nombre.
Van marchando entre cardos o entre árboles los cinco compadres de la aventura, que no son Quijotes ni Athos, porque no tienen línea para mostrar, bien por el contrario, su esperanza era la de aprender de nadie y de todos a la vez. La esperanza era llegar a oír una voz a la que ya le habían puesto nombre, pero que nadie enseñó a escuchar y algunos más que otros aprendieron a silenciar. Quien quiera oír, que oiga.