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Caminantes 6

Parece que hay un estado superior de identidad, las personas que lo alcanzan transmiten bastante más que palabras cuando se las escucha. A ese momento de elevación, nuestros caminantes (y yo en el acuerdo), lo llaman identidad de (o como) pueblo. A los cinco señores que escuchan, otro les habla de las palabras de una mujer que anduvo por ese camino. Él no está convencido de haberlo hecho, pero lo anhela... sin dudas.

  •  ¿Te acordás cuando, no siendo todavía verano, salíamos a caminar a la noche sin importarnos para nada hasta qué hora íbamos a andar por la calle, volviendo como a las tres de la mañana aunque al día siguiente tuviéramos que ir a laburar? - Cuenta el invitado sobre palabras puras. Y traduce de un intento:
  •  Lo que mi señorita me dice desde hace algún tiempo y con creciente insistencia, es algo de la nostalgia que le provoca pensar en aquellos momentos. Yo, (que entonces como ahora me sentí aferrado a ella por sentimientos más profundos que mi pena), particularmente, no recuerdo si era verano o no, pero si ella dice que sí, y así es feliz... no era verano por poquito, pero ya se sentía su calor. Lo que sí, seguro, es que si en aquel momento podíamos caminar y caminar sin importar a qué hora volveríamos, aquello no se daba por la temperatura, y es claro que tampoco lo hacíamos (como alguno podría pensar) porque no teníamos plata. Salíamos porque sí, porque nos gustaba y así éramos felices. Pero cuando terminó aquel verano, ya cansados, dejamos de salir, y no fue porque tuviéramos más plata (como para hacer otra cosa) pero si salíamos de vez en cuando, era a la tarde, cuando el calor del sol nos daba lo suficiente para disimular (primero en otoño, ahora en invierno) que el verano ya había pasado. Ya no salíamos de noche, aunque tan bueno haya sido para nosotros aquel momento (tanto que hasta hoy lo recordamos con todo lo hermoso que representa la excitación).

    Y aunque no sea cuestión climatológica, sé bastante bien que es difícil caminar envuelto en frío (más aún contra el viento). Pero a nadie importó temblar, y no era solamente el frío lo que lo provocaba. Entonces pienso que aquellas salidas mágicas no fueron pura magia, hubo algo más... magia y amor, con la envoltura dulce de una tibia noche de verano caminamos nosotros dos, entre miles, aparentando buscar el paraíso y llegando al infierno.

    Hoy, cuando el verano ya pasó, extraño aquél momento, y me deseo abrazado a una frazada, siendo todavía temprano, tanto que muchos ya duermen. Resignación del invierno, la pena eterna por un pasado ilimitado e indefinido, y casi me estoy parando, como en ese diciembre, y sólo con mi pantalón corto y mi remera, con las ojotas de siempre, me sorprendo a punto de salir a caminar, buscándote, libre.

    Así terminó la narración del invitado.

    Si viesen ustedes las cinco caras de nuestros guías en ese momento no sé qué dirían. Yo las vi, tengo poco para decir, pero creo que ellos cinco sentenciaron con un pensamiento eco fono, que decía algo así: la dulzura y tibieza de la libertad, supera la a de estos scones y culminaron engullendo en canon.