Parece que hay un estado superior de identidad, las personas que lo alcanzan transmiten bastante más que palabras cuando se las escucha. A ese momento de elevación, nuestros caminantes (y yo en el acuerdo), lo llaman identidad de (o como) pueblo. A los cinco señores que escuchan, otro les habla de las palabras de una mujer que anduvo por ese camino. Él no está convencido de haberlo hecho, pero lo anhela... sin dudas.
Y aunque no sea cuestión climatológica, sé bastante bien que es difícil caminar envuelto en frío (más aún contra el viento). Pero a nadie importó temblar, y no era solamente el frío lo que lo provocaba. Entonces pienso que aquellas salidas mágicas no fueron pura magia, hubo algo más... magia y amor, con la envoltura dulce de una tibia noche de verano caminamos nosotros dos, entre miles, aparentando buscar el paraíso y llegando al infierno.
Hoy, cuando el verano ya pasó, extraño aquél momento, y me deseo abrazado a una frazada, siendo todavía temprano, tanto que muchos ya duermen. Resignación del invierno, la pena eterna por un pasado ilimitado e indefinido, y casi me estoy parando, como en ese diciembre, y sólo con mi pantalón corto y mi remera, con las ojotas de siempre, me sorprendo a punto de salir a caminar, buscándote, libre.
Así terminó la narración del invitado.
Si viesen ustedes las cinco caras de nuestros guías en ese momento no sé qué dirían. Yo las vi, tengo poco para decir, pero creo que ellos cinco sentenciaron con un pensamiento eco fono, que decía algo así: la dulzura y tibieza de la libertad, supera la a de estos scones y culminaron engullendo en canon.