Un hombre que pinta un cuadro mirando desde arriba de una loma verde, es una obviedad situacional. Pero es curioso que al pintar, él mismo esté constituyendo un cuadro para la perspectiva de quien lo divisa.
En su dibujo hay una habitación, un hombre de cuerpo a medio vestir tendido en un catre. Un perro que también duerme su siesta, las cosas que ilustran más sobre el hombre que descansa, como su sombrero y su vino. Y en su ventana, una figura virginal dando de mamar a un bebé.
Por la puerta de la habitación, se ve un rectángulo del paisaje que el autor está integrando.
El artista está cuestionando la realidad. El cuadro es un halago para el paisaje de verdes, ranchos, celestes y marrones. La virgen no vino hoy, y no vendrá mañana. La virgen no da de mamar, y no tenían noticias los caminantes de que una virgen pudiera mostrar medio pecho ni para alimentar a su crío, estas dos cosas hasta hoy, que si es virgen no es madre ni es mujer. Y el paisaje, viéndose en esa puerta abierta, sonreiría.
Para quienes son caminantes, el arte es el replanteo creativo de la realidad, porque resulta en un enriquecimiento de lo existente, así para el artista, más gratificante para quien contempla.
El pintor acaricia el lino con el pincel, y el paisaje se ruboriza por los elogios que el talento le dedica, como el hombre se delicia por un amor declarado en verso. Y lo precedente está superado. Los caminantes entienden así, y gustosos. Puede un artista no pensarlo, puede obviarlo en la conciencia, pero entonces está malgastando su talento. La creación siempre es progresiva, el artista conservador es una contradicción que para tener resultado, carece de superación. La representación de la realidad en una idea, siempre comprende novedad. La novedad sapiente es por conformidad rebelde. El artista necesita la frescura y la inocencia para no entender lo que siente, y representarlo. ¿Qué sensatez tiene la práctica artística que no se asume rebelde, además de una identidad carente?
El pintor los ve acercarse y le brillan los ojos cuando halla las ideas que los caminantes le brindan a su oficio. Él comprende esto también, y comenta que entiende que si su arte es interpretación de la realidad que desemboca en creación de una realidad enriquecida, entonces su ejercicio es intelectual. Y que otros ojos se delicien en su obra, es su gloria.
Los caminantes para explicar lo que creen eligen al artista enamorado que interpreta su pasión en versos. La primera idea es que lo hizo para emanar un poco de la carga sentimental que le pesaba en el pensamiento. La segunda, y evidente, es que lo hace para modificar la realidad, y que sus versos cautiven ojos amados. Y desde aquí, con lógica similar, cada pieza, para modificar la misma cuestión. Cada artista coherente abre sus puertas para que entre la realidad, y abre la ventana para verla salir cambiada. El artista ermitaño que se encerró a pintar lo que recuerda, escasea primero de identidad, pero como acción, se vuelve inútil. La utilidad es otra vez el replanteamiento, es en definitiva la rebeldía. El arte que se vuelve colectivo porque su contenido es disfrutado por un universo de ojos que lo interpretan, haciéndolo también dinámico y replanteado, indagando lo dado, es insurgente. Y es la novedad que la insurgencia no tiene al cuadro en su cúpula, porque no tiene cúpula, porque el replanteamiento es horizontal, y cualquier ojo es artístico si confunde lo que cree con lo que quiere y lo que quiere con lo que es, haciendo que lo que sea se parezca más a lo que quiere, y no a la inversa, porque lo querido viene a modificar lo existente, y nunca al revés salvo que se asuma la vida en virtualidad. Aquí se plantea el entendimiento como virtud, no desde el saber, sino más bien desde la interpretación.
Qué virtud enorme deleita este cuadro, que la virgen de la ventana ha enamorado a los ojos que la contemplan. Ay, si ese hombre despertara, Dios sentiría vulnerada la fidelidad de la madre de su hijo. El pintor dijo que su cuadro representa una siesta, porque el despertar de aquél hombre sería la emancipación de todos nosotros, y que no suceda esto se entiende con didáctica desde la figura del dormilón.
Los caminantes piensan, con los ojos puestos en el pincel que acaricia el lienzo, que el artista conciente de su rebeldía, también tiene la puerta abierta porque sale y entra por ella. Como las paralelas se encuentran en el punto infinito, el arte y la política se encuentran en el quehacer, que necesariamente está cruzando la puerta, porque está en lo colectivo, por eso el autor la usa. Ambas líneas que se realizan y encuentran en el accionar conciente para superar lo existente, sólo tienen sentido en el afuera que demanda interacción.
La sola idea de que existe una situación en la que estamos comprometidos, tiene sentido desde que esa puesta puede ser modificada concientemente. Y si no se tiene esa conciencia, el acto igual será modificado, porque el estatismo es cuestión supersticiosa, el dinamismo rige el escenario. La posibilidad es la conciencia, la mutación no es posible, es ineludible. ¿Para qué sirve la conciencia si la transformación es inexcusable? Es que el resultado del cambio no está determinado, y el quehacer conciente orienta el rumbo con intelecto. La intelectualidad es la rebeldía explícita. Y lo explícito no es ordinario, es ser y pensarse a la vez, para ser pensante, y el que piensa y es en lo colectivo, ejercita intelecto. Que todo es arte, mentira, el arte sólo se puede asumir como tal si está objetando lo acontecido. Que la censura es inmoral, patrañas, lo bien que hacen los que se embriagan porcunos con el estado de cosas momentáneo en intentar callar la voz que todo lo objeta, pero lo mal que hacen al pensar que lo pueden practicar. Es su moral lo que el arte objeta, y es predecible que aquella se vuelva contra éste. La voz rebelde es desde su formación incontenible, el destino de los censores es la impotencia y la derrota. El replanteo es rebelde y su fin es inconmensurable. La insurgencia se conecta en direcciones múltiples, se enlaza sin patrones y siempre en sentido horizontal, cada nuevo pensamiento replantea la cuestión, está siempre en un cambio progresivo, los regresivos corren con desventaja, vienen persiguiendo la creación y sus patas son más cortas, aunque pisen más firme. La virtud que hace indestructible la insurgencia es que su fundamento es crear a medida que se comprende, y volver a crear sobre cada creación, y que donde se ha pisado, algo está modificado. Y por más que vengan a alisar la huella, la lisura no se recupera, los ribetes creativos perduran y siempre están modificándose. Los censores crean fantasmas para cada momento de la creatividad, y estos asustan cuando la conciencia es endeble o cuando se logró convencer de que el estatismo es real y conveniente. Se lanzó una idea sobre los fantasmas defensores de los beneficiarios de la coyuntura, que están bien creados por ellos, bien ideados y realizados, que son eficaces, pero que son insostenibles en el momento en que alguien inquieto por una cuestión que le parezca incongruente tome para sí la conciencia. Los fantasmas no pueden más, y los espíritus del arte rebelde se hacen carne en la sensibilidad de los inquietos. Al fin de cuentas, esta caminata es también arte, y que quien mire a los cinco que transitan no se quiera defender, que no hay molinos, no hay fantasmas, sólo frescura para ojos inquietos. Pero la insurgencia muta, como la realidad lo hace, y los fantasmas vuelven a sus catacumbas acorralados por el conocimiento que se extiende por la red creativa.
Y el pintor deja de pintar. Los mira a los cinco, sonríe cordial. Y dice que le gusta lo que ellos dicen sobre el artista y la rebeldía. Y dice que él, como tal, como intelectual plástico, había estado pensando una cuestión sobre esto. Explica que un poeta, consanguíneo suyo, le había dicho que para qué el artista se plantearía una cuestión sobre si escribirle al amor o a la libertad, para qué cuestionarse entre la individualidad del enamoramiento y la solidaridad del rebelde, si el artista, que se sabe tal, enarbola las banderas puras en todos los ámbitos, y su lector conciente lo vería, y el amor y la rebeldía se entienden, se acarician y se aman y se rebelan contra los prejuicios. El amor no es individual nunca, y la rebeldía nunca deja de ser un legado para cada uno, que alguno asume y otro no. ¿Qué valoración se puede hacer de un artista que pretende que su aporte no tenga rebeldía? Ninguna. Porque lo primero es que eso no tiene contenido, y valorar lo vacío es obtuso, lo segundo es que no se puede llamar arte, porque el nombre le queda grande si se entiende como superador de la realidad a partir de que la objeta, y cuando se lo ponga, se le van a caer más que cuatro letras. El pintor dibuja un papel arrugado y una cajetilla vacía en el piso, carcajea algo y explica que así el siestero va a tener algo que limpiar cuando se despierte y que no se distraiga mirando por la ventana, no vaya a ser que se enamore de la virgen.
La dinámica de lo planteado es sintética, de la interpretación artística se llega a la rebeldía por medio de la conciencia, y de ésta se aborda al rango de la insurgencia por la práctica del intercambio horizontal y mutante en lo colectivo. El rumbo es cierto, pero no los medios, y el arte se divisa en una frescura atemporal, y nunca huele a rancio.
Ya los caminantes se disponen a partir, agradecidos por haber conocido al pintor y amantes del arte, siempre queriendo participar. La exégisis es un buen camino, a leer se invita.
Bajaban hacia los ranchos, el pintor saludó con un gesto y con sonrisas, ellos respondieron entusiastas. Y mirándolo desde la nueva perspectiva, cuando los caminantes ya se disponían a perderse del espectáculo, el pintor se había vuelto panorama, y con su cuadro estaba en ese paisaje que ya no era el mismo.