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Caminando por la vereda en la que daba el sol, ya salidos de la oscuridad ciudadana y adentrados en la luminosidad de los suburbios, los cinco caminantes pisaban hojas de un otoño patéticamente típico. Fresco y gris. No están solos, con ellos un hombre cabizbajo solloza suspiros.
Éste hombre que ahora se une a los caminantes sufre cuestiones que detalla, que los caminantes razonan y conversan, las mastican y dan como resultado un interesante coloquio inmiscuido entre los sentimientos puramente viciosos (...) de la mente humana.
Estuvo hasta hace un rato contando que hasta hace pocas horas compartió grandes y felices momentos con una mujer, que esa mujer ya no forma parte y que de un instante a otro pasó de presente a pasado, detenida en el tiempo como un minuto que ya deja de existir... habiendo sido hasta hace muy poco un torbellino que avanzaba sobre la línea del tiempo siendo sobre todo siempre presente, siendo parte del pasado (apareciendo como el más feliz) y muchas veces siendo brillante en el futuro.
En su historia no hay mucho de particular, fueron felices, experimentaron la lujuria y el compañerismo con entusiasmo. Eran para él un pedazo de felicidad mezclado con la vida, una planta de alegría hermosa que hubiese dado frutos tanto en una llanura húmeda como en un desierto. Eran resistentes e irresistibles.
El señor que padece el amor responde que no, dice que uno no somete su vida, que uno comparte.
Entonces nuestro hombre acepta con un movimiento, que si fuese sonido sería susurro. Muestra en el rostro el dolor de reconocerse en un ejemplo, sufre. Pero también ese hombre muestra que cree que lo único valedero de análisis de una relación empieza con los primeros sentimientos que se corresponden y termina con la ruptura, que si alguna vez se recrea la misma pareja no hay continuidad, sino hay otra vez el mismo proceso, pero ésta vez con la aceleración de ya conocer los pasos o con la impronta de cambiar lo que fue el anterior destino, lo cual no sólo merece el esfuerzo, sino que también de su intensidad depende. Aspira por la nariz con fuerza, para que los mocos que quieren caer se acomoden un poco más arriba.
Hay unos pasos en silencio, de todos. Uno de los personajes lo mantiene por reflexión, los otros también (o por respeto a la muerte).
Habla el desamorado de las similitudes de la muerte con esta situación, dice que es paralelo y cercano, que sorprende a veces, que otras veces se espera o se provoca. Que en ese momento las almas nobles no lloran (parafraseando a un caminante) porque mastican los recuerdos y tragan el presente, que en todo caso puede haber lágrimas de nostalgias (el caminante que antes habló acepta con un movimiento de cabeza acompañado por sus manos que dejan de reposar a ambos costados del cuerpo para volver la palma hacia arriba) pero no se llora el fin de la aventura por lástima, que se llora porque se termina, pero eso es nostalgia de lo que ya es pasado. Dice entonces que él llorará esta noche, poco, no mucho, pero va a llorar en silencio y con el mismo nudo que ahora tiene en la garganta, porque es en éste preciso y único instante cuando no se llora, pero que luego sí, y que uno siente lástima de si mismo.
Entonces ese muchacho agrega comparaciones a esa idea, diciendo que en la amistad los acuerdos son variables y que en todo caso se pueden ir reemplazando, pero que así y todo una amistad se puede mantener existiendo pese a algunos cambios. Y ni que hablar de las relaciones de familia, donde la relación es lo que existe de por sí y los contenidos pueden rotar desde el odio hasta el amor. Pero en las relaciones amorosas creadas en ese sentimiento, cuando alguien renuncia, se vuelve insostenible el intento de creación de otro modo de relacionarse, que hay un nivel de conocimiento que en otro contexto puede llevar al hartazgo por la debilidad de cualquier vínculo que reemplace al ser enamorados e inevitablemente y seguro que con inconciencia se vea a esas nuevas formas de vincularse comparadas con las viejas, fuertes y que todo lo abarcan.
El hombre sumergido en el desamor suelta un pensamiento más. Dice que de todas maneras él siempre va a apostar al amor, que en esas relaciones se construye una parte del estado de ánimo y que no hay como el amor para levantar paredes, que uno se apoya en el amor y puede subir al cielo en un paso, respirar hondo y ser más grande, que el amor hace brillar los ojos y la sonrisa, que el amor hace ver posibles los pasos más felices que se puedan imaginar para el futuro. Y que sin ese amor no hay quien pueda pensar al otro de forma tal que se pueda ver la vida como una posibilidad infinita, porque todos pueden ser amables, que los que nunca lo entienden así son los enemigos de la vida, amigos de la muerte y la destrucción, sumisos a otras voluntades. Que el amor no entiende de eso porque lo rechaza en su naturaleza, porque construye otro mundo en el que uno siempre es sobre la base de otros e inspirado en ellos y que para él, entendiéndose sano, en ese mundo hay felicidad y cada vez más por hacer.
Los caminantes entienden, sufren ahora el instante que él atraviesa y aprenden de él que pese a eso (o junto con eso) la apuesta a los sentimientos más sanos es siempre el punto de partida en el camino.
Comparten unos momentos más, los caminantes se despiden hasta pronto y le dedican muchas sonrisas. El hombre también sonríe, con la nostalgia de lo perdido y la pesadumbre del presente incierto en la turbulencia de la separación.
Siguen andando los cinco caminantes que ahora son conscientes que a cada paso suyo le agregan amor, porque así los pasos guían hacia lo más feliz que se pueda imaginar en el futuro, y sin duda ellos quieren llegar hasta allá