14. Fin
Las nubes dejaban poco que ver del celeste. Entre lo blanco y lo negro, matizado con muchos grises, el cielo era un techo de apariencia palpable. Sus ojos lo habían percibido con la distracción asidua que esos espectáculos merecen, pero no parecía ser menor para su intenso cansancio que el sol no esté castigando sus cuerpos. Penetraron en la urbe con la cabeza apenas sostenida, sus ojos se cerraban de puro agotamiento. Masticaron la penitencia de su caminar desde lo dolidas de sus piernas. Estaban dispuestos a descansar.
Fueron bien recibidos por algunas personas que dijeron haber escuchado sobre los que caminaban aprendiendo. Aquellas personas decían estar admiradas por la solvencia de la conducta de aprendices que los había soltado por la vida. Para ellos cinco esa era una buena razón para estar vivos, la de vivir buscando aprender, pero viendo a éstos, se preguntaron para qué servía aprender si otros sólo esperaban a ser enseñados. Recibieron con gracias varias las ofrendas de comida, de bebida, las caricias y los elogios, aceptaron el convite para el descanso que les ofrecieron cuando ya era evidente que no podían seguir interactuando, ni actuando. Fueron a descansar.
El día que amanecía era desde el cielo un rojo penetrante, desde el suelo un gris taciturno. La melancolía de las ciudades era algo que ellos ya habían vivido y que conocían de mil modos. Nadie sonríe porque no ve verde. Habrá otras cosas, como en cada lugar, siempre hay algo como para gozar, pero ese no es un buen consuelo. La mentira que no podían aceptar en éstos casos es que una felicidad tapa una tristeza, que un guiño ahoga una lágrima.
La relación íntima entre la existencia de la ciudad y la presencia de una figura paterna que podríamos llamar genéricamente Estado es una maldición para la vida social. Es el hijo, que si quieren llamamos comuna, que nunca puede despegarse de la figura de su protector. El infante que nunca crece. Si un Estado se convierte en obsoleto cuando los problemas que se le plantean son irresolubles, entonces ese Estado, si gozase de buena salud, se quemaría para adentro, dando lugar a otra forma de organización. Pero en los casos conocidos, el Estado se rehace en sus fracasos, adopta nuevas formas, asume nuevos roles, dicta nuevas normas, reprime a nuevos actores, crea nuevos temores y se reafirma sobre la base de un conjunto que no puede pensar como tal, y que por eso necesita a su cabeza que piense por todos, de manera unívoca, inequívoca y unísona. Pero algo es muy curioso. La moda política estaba llevando al Estado hacia una forma escuálida, el Estado había permanecido a dieta durante varios años hasta transformarse en un raquítico cráneo, que de lo único que todos podían ser conscientes de que era capaz es de dar cabezazos con su frontal. Se había retirado desde que, hace años, las disputas por el control de su dirección llevaron a que quienes tenían el temor de perderlo, optaran por vaciarlo de contenido. El temor de perderlo no era el de perder algo que se precia, sino el de perder un arma, porque aquél que había estado en disputa era una máquina que incluía y excluía todo el tiempo a los actores diversos que confluían en ese inexistente individual y de existencia colectiva que se llama sociedad. Sus armas eran múltiples, y lo peor es que dejaban ver cómo, quien con él se hiciera, podría crear muchas otras armas. La voluntad de los cobardes era, fue, y se transformó en su tarea completa, la de hacerlo perder terreno contra el previsible comportamiento individualista, que algunos llamaron mercado. Este no nuevo, pero sí renovado en el impulso, actor colectivo es el que llegaba para atropellar con los roles de un Estado que ya no podía seguir siendo parte de la disputa. La naturaleza del Estado llegó a ser en algún momento la de formar cohesión, y ésta debía ser rociada con el veneno de la individualidad. Y cuidado con eso, que no se está oponiendo la diversidad a la unidad, más bien la cuestión es un tanto, si se quiere, dialéctica, pero eso no es momento todavía de entregarlo a sus ojos en su forma completa. El orden en la exposición ayuda a la comprensión.
Si, entonces, el objetivo había sido apichonar la figura aglutinante del Estado ante la atropeyada individualidad del mercado, el individualismo ahogaría un espíritu de grupo, que con mucho no fue tal, pero en algún momento se hizo evidente que su inclinación a formar un solo cuerpo compuesto era un arma de un solo filo, que tendería a cortar los hilos de la desigualdad. El Estado no es, para estos caminantes, como único destino un igualador social, más bien pudo haber sido en algún momento, como buen deseo, tal cosa. Siempre esto dependió de quién tuviera sus riendas, y la historia está plagada de matices en colores e igualdades, aunque nadie pintó tan bien como un soberbio creería poder hacerlo. No es ese, ni con mucho, el planteo que los caminantes comenzaron a hacer esa mañana en una reunión íntima, donde todos parecieron acordar a grandes rasgos. Más bien, el tema dibuja que, siendo en principio el Estado un arma de un grupo, o clase, o corporación o como se quiera llamar, ese Estado sólo se figura como tal cuando se pinta de neutralidad. Esa pintura, que se cae a cascarones cuando alguien la machaca, es la que hizo posible que algunos intentaran tomarlo, que sin dudas sería reemplazarlo, porque se le podrá restituir el nombre, pero ningún sentido tendría restituirle el carácter. El temor que se comprende existió hace algún momento, es el de que esa fabulosa maquinaria hecha para mandar, se transforme en el arma letal de otros bandos. Entonces sí, su opción fue reventarlo.
Ante el abandono del padre de alguna de sus funciones, el hijo entra en estado de shock, pero pobre del padre que se encuentre con un hijo rearmado como para enfrentársele cuando ya tan poco queda de él. Si la respuesta a un Estado prepotente fue, a entender de sus fundadores y luego asesinos, la solidaridad entendida como cohesión social con fines comunes, entonces qué podríamos esperar por respuesta a un Estado que no cohesiona sino que esparce a la sociedad en pilas de niños huérfanos.
De a poco se le ha dado la espalda a su existencia. Eso pareció ser una buena señal para el nuevo dictador de conductas, que se puede llamar mercado, aunque su solo nombre dé arcadas y parezca trillado, aún siendo vomitado. Pero el mercado no puede ni sabe marcar todas las conductas. Sí puede marcar muchas, pero no las más espontáneas. Hasta eso íbamos. Dar un ejemplo de esto suena burdo, pero si antes fueron los sindicatos, de clara relación con la estructura del Estado, aunque no hayan respondido al mismo signo, aunque sus discursos y conductas sean en mucho diferentes, aunque algunos merezcan repudio y otros loas, decía, que si entonces los sindicatos podían con un buen esfuerzo encausar un descontento colectivo... ¿Quién podría estar en condiciones de hacerlo en el nuevo escenario? Si el Estado, desde sus periféricas (como boleadoras) actividades, como por ejemplo la educación, podía encausar los ojos de sus hijos, y desde ya encausar lo que éstos verían, para siempre, un mercado que se babea por la propia imagen no tiene esta cualidad. El espejo no es todo el consuelo que nadie puede encontrar. Entonces lo imprevisible está al alcance de la mano, y cuando los ojos se desvíen de su cauce acostumbrado, todo va estar por ser dicho.
Los caminantes estaban arremolinados en las palabras. De repente, como si del cielo amanecido hubiese caído, la esperanza los hacía crueles necrófilos de lo que se daba por sabido. Y las respuestas no son nuevas. Las ideas no son nuevas. Todo estaba ya tan claro. Sólo cabía actuar.
La acción individual y la acción colectiva no tienen nada en común, porque la una es negación de la otra. Errado pensamiento. Entre la acción individual y la colectiva se emplaza una que une lo diverso, que no tiene nombre porque nadie se lo supo poner, y no vamos a esperar que los que caminan y aprenden nos vengan a enseñar neologismos. Igual, aunque sea una acción sin nombre, puede ser comprendida si se sabe explicada. Y, por si alguien lo está pensando justo ahora, explicada no es sinónimo de enseñada. Al interesado se le puede explicar, pero al bien interesado no se le enseña qué hacer, ni cómo hacer, y perdón por las reminiscencias. Esta acción nueva, que surge como necesidad ante un nuevo escenario al cual se pretende subir para destrozar a mazazos, tiene por melodía lo espontáneo. Porque su misma razón es espontánea. Es como son los sentimientos, y si bien los sentimientos sean difícilmente asimilables por un actor colectivo sin que sean primero manoseados por ojos que no saben escuchar, cabe aclarar que son sentimientos de nacimiento individual, del sujeto individual, pero con el objeto colectivo. Es decir, por usar un modo más bien poético, son corazones cansados de soledad que se vuelcan a la conquista de una nueva imagen, que necesariamente es colectiva y solidaria para acabar con la angustia del saberse solo, que para la persona es la peor angustia. En esa soledad nos coloca la situación, y de esa angustia se sale con la alegría de, al amoroso modo francés, unirse en lo diverso.
Los caminantes tomaron un respiro. El hacer manifiestos estos conceptos podría estar contradiciendo a su propia naturaleza, y el estar escribiéndolas podría ser muy mal interpretado. Pero ellos no están con ánimos de dar explicaciones de su conducta. Y ellos siempre fueron un actor colectivo. Que no vengan ahora a tacharnos de individualistas, porque no es en ese sacón que están golpeando donde nos van a dar.
Quedaban, parecía, pocas palabras en el tintero. Pocos nuevos pensamientos. Pero algunos sí muy importantes, sobre todo los que tendían a dar explicaciones sobre el por qué estaban escribiendo esto, a quién iba dirigido, si es que era para alguien, y algunas otras cosas como una explicación específica sobre que lo que estaba al alcance de la mano era entender que tras las respuestas colectivistas y las individualistas, sobreviene, por imperio de la dialéctica, una respuesta que supera a ambas, que como queda dicho, no tiene nombre ni se lo estoy por poner.
Un caminante soltó una carcajada cuando se percató del calificativo que le habían puesto al modo francés. Es que los caminantes no saben dejar de decir amor de vez en cuando.
Salieron a dar un paseo.
La buena intención de los convidantes llevó a que les ordenen un poco sus pocas pertenencias. Aunque ellos se hubiesen ruborizado por el sustantivo. Alguien tropezó con su redacción. La leyó, la llevó a otros de los bien intencionados partícipes de aquella ofrenda que tenía lugar desde la noche anterior. Les pareció una hermosa muestra de humildad de parte de los caminantes dejar aquellas palabras en el anonimato de su círculo íntimo. Todos respiraron hondo de aquél optimismo. Decidieron dejarlo donde estaba, haciendo uso de la buena razón y las buenas costumbres.
Lo que sucedió entonces tiene poco para ser explicado, pero sus pormenores definitivamente no van a serlo. La razón es sencilla. Los caminantes no llegamos hasta acá para decirles que tienen que esperar que un accidente como el que ocurrió ocurra y entonces sí, a mover los cuerpos se ha dicho. La ocasión es esta, y las ocasiones son todas.
El aire se respiraba denso. La tensión transformaba la carne de los pulmones y respirar se hacía difícil. Las cabezas explotaban de incredulidad ante el espectáculo dado, que no difería en demasía del cotidiano, pero sí difería en lo sutil. Esto era en verdad burdo. Los caminantes llegaron jadeantes hasta la casa que los cobijó. Sus papeles no estaban donde habían estado, sus ideas se habían hecho aire o alguien las había hurtado. Empezaron a buscar por todos los rincones sin encontrar nada. En la casa nadie había, nadie que dé respuestas ni se encogiera de hombros por convicción o porque sabe mentir. De los papeles nada. No era un solo papel, ni pocos de ellos, eran tachaduras, reescrituras, eran papelitos y hojas completas, de sus pensamientos de hoy, de las acciones de ayer y los pensamientos de ayer.
Salieron a la calle conociendo que lo que pasaba era importante para todos. Nadie estaba en la calle, todo era desolación. Caminaron unas cuadras sin rumbo. Encontraron a algunas personas desconocidas, encontraron también a alguien que sí sabía de ellos y de quien ellos sí sabían porque había compartido la noche de anoche con ellos. Él les dio la mala noticia. Se habían hecho con sus papeles para trascribirlos en limpio y editarlos. Del último texto se harían copias y más copias que serían repartidas en varias ocasiones planificadas por la organización para la divulgación de las ideas de lucha. Salieron despavoridos. Su humildad y su naturaleza estaba mancillada por la imbecilidad de todos quienes participaron del hurto. Más gente aparecía por la calle, de manera imprevisible. Todos quietos. Los caminantes pasaban entre medio de ellos como si fueran a atropellar a quien no se quitara de su paso. (Por un momento parecimos caminar con soberbia, hoy lo admito). Caminaron cuadra tras cuadra, permanecieron en silencio sin detenerse, hasta que alguien, de frente, los miró asombrado. Ellos pararon. Estupefactos dieron vuelta su óptica. A sus espaldas, como cuadra y media atrás, una multitud caminaba galopante.
No puedo negar hoy que en aquel momento me sentí la locomotora de un tren que iba agregando vagones a medida que avanzaba. Los cinco quedamos inmóviles. Se acercaba una marea, un gentío imparable. Ya estaban a cincuenta metros, a treinta, a diez, ya les oíamos respirar. Venían, nos alcanzaban. Pasaron por nuestro lado sin siquiera mirarnos. Vimos que tampoco se miraban entre ellos salvo para saludar a algún conocido. De repente todos fueron conocidos y todos se saludaron. Nosotros quedamos en medio de aquél caos de personas, mirando extraviados, sin reconocernos. Nos fuimos separando, nos terminamos perdiendo. Empecé a caminar con la multitud. No éramos cinco caminantes, éramos incontables, y quien nos hubiera querido poner un número, habría buscado mentir. Todos anduvimos por horas, con rumbo o sin él, pasando por los lugares más simbólicos y los que más contenido tenían, por los que menos también, atropellando con todo, siendo cada vez más. Éramos, de repente, uno solo.
Les dejo una anécdota que tuve la fortuna de disfrutar en aquél momento como un logro, no personal, sí de los cinco. En un acto escuálido alguien había querido repartir nuestros textos, nadie los leyó. A nadie le importaba ya que escribiésemos sobre lo que había por aprender. El curso de los acontecimientos fue, a la vista de los sucesos, mucho más profundo y buen entendedor. Nosotros, aunque no nos volvimos a encontrar, estamos felices. A propósito: ¿Alguien sabe qué era el Estado?
Fuimos uno solo desde entonces y seguimos siendo uno solo hoy, cinco o infinitos, caminantes. De lo viejo no dejamos ni rastro, de lo nuevo no busquen rastro porque no lo van a encontrar. Estamos entre todos, somos todos.