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Caminantes 13

13

Entre ronquidos y gemidos se percibía el aroma de la vida. Los cinco tenían sus ojos cerrados. Un ratón se paseaba por los restos de la cena. La noche era renegrida y el calor apaciguaba el reposo. Dormían como bebés o como ancianos, con la paz de que nada los perturba. Por suerte uno de ellos hacía descansar entre sus dientes una hierba magullada que completaba un cuadro bien típico. Los sombreros tapaban algo de los rostros pero igual era inocultable la placidez con la que acapararon la noche para sí.
De las ramas de los árboles el rocío se desprendía, el sol asomaba en su lucha diaria contra la negrura y se abría paso, tiñendo de rojo violáceo a esa noche cerrada. El viento que soplante pegaba contra las paredes de una sierra en el choque formaba remolinos de tierra que bailando se agotaban en sí mismos.
Alguno de ellos ya veía entresueños que ese día asomaba con entusiasmo. Su camino se erigía hacia la cumbre y nadie sabía si esa cumbre sería su fin.
El fuego se lucía agonizante entre los troncos carbonizados, uno de los cinco ya hacía las tratativas con la pacha para rearmar la llama y calentar las galletas para el desayuno. ¿De dónde sacaron las galletas? Habrá sido en algún momento que no nos quisieron mostrar. Pero no se contenten con esto, es absurdo buscar el error lógico en una historia fantástica. Como casi todas las historias que se quieren contar se tiñen de fantasía, no hace falta ponerse el disfraz detectivesco y buscarle la paja en el ojo a lo que un autor nos quiso transmitir.
Entre palabras los cinco ya se sentaron para desayunar. El sol les hacía un guiño entre las ramas de un abedul. Desde el otro lado, que desde mi lógica debe ser el oeste, un tucán llegó volando. Aterrizó en una rama bien alta del abedul tras sobrevolar sus cabezas. Desde ahí hizo una pirueta sosteniéndose con sus garras y luego con su pico, se pasó a otra rama más baja. Habrán sido quince minutos los que pasaron hasta que con su pico arrancó la carta de su pata izquierda. Saltó hasta el piso, distancia que sería como la que separa mi cabeza de mis rodillas y desde ahí, saltando hacia la derecha, impulsado por el vaivén del pico en su danza característica, el tucán llegó hasta el hombro de un caminante. Dejó la carta caer en la entre pierna de su sostén. Él la agarró y la leyó en voz alta:

Queridos amigos, les comienzo describiendo el cielo según mi santo:
La luz que viene desde allá, desde ese infinito punto incalculable que se extiende inmensamente pequeño entre todos esos otros puntos semejantes pero distintísimos, aún no logra estremecerme ni tantito así. Esas fueron sus palabras poco antes de despedirse y marcharse hacia su última Odisea, la más magnífica y la inconclusa.
Es que esa luz, que él creía estar viendo tan de lejos y tan nítidamente no era helio, era ego. Es su yo el que brilla entre toda esa oscuridad y que crea muchos otros igual de brillantes para no sentirse en soledad e ir apagándose de a poco. Que triste sería, más feliz es esta mentira.
Pero no sabe cuál es la mentira, si la mentira es su brillo, el otro brillo o si la mentira es pensar en lo oscuro, como si hubiese en verdad algo luminoso para contrastar. Su respuesta es que sí, siempre que sí, que la luz brilla y se nota porque lo demás sigue siendo oscuro, pero cree que la luz puede expandirse infinitamente, multiplicándose por infinitos puntos hasta abarcarlo todo, todo, todo. Pero para eso todavía falta, falta que la oscuridad esté lista para absorber toda esta energía lumínica que encandece a ingenuos y conformistas conformables.
Y a él alguien lo encendió, y el lo sabe, y lo agradece. Es que toda esta luz no pudo haber nacido así, desde la nada, y como caminando se es, o de otro modo no se es, él, caminando va siendo, cada día más, cada día inmenso... o por lo menos eso cree, o por lo menos de eso se convence... porque le dicen que convence, se convenció a sí mismo, como siempre, con artilugios sorprendentes, y casi siempre con un armazón de palabras que respaldan. Entonces, él se cree a si mismo tan triste, tan solo, tan creciente... el miedo no deja de ser apagarse, por eso es que día a día intenta encender nuevas estrellas, que brillen lo que puedan, pero que no lo dejen ocupar ese tremendo infinito vacío de luces, saturado de oscuridad. Cada día es más, inmenso.
El tucán esperó hasta la última palabra para alzar su vuelo y dirigirse directamente hacia el sol, después de dar un voltereta magnífica y perderse por el camino inverso, que es el mismo por el que se lo vio llegar.
De los cinco caminantes tres se sonreían. Uno se miraba los cordones. Todos estaban pensando que esa oda podría haber sido para cualquiera de ellos, o que cualquiera de ellos podría querer ser una luz para acompañar a aquella primera que brilló con cierta soledad hasta entonces. Pero se sabían apagables como siempre, porque su llama no prendía en el todo, no llegaron hasta acá para enseñarnos a ser nada y así su fuego no nos puede contagiar ni salvar, ni tan siquiera quemar.
Las cabezas parecían chocar contra espejos. Los cinco la dejaban bamboleante mientras nada más hacían que pensar en vaya a saber qué amores. Un ruido perturba. Otro más, son varios intercalados, parecen dos pies andando ¿o son cuatro? Lo seguro es que alguien o algo se acerca.
Ninguno se puso a la defensiva. Sólo uno arqueó una ceja esperando ver más claro con el ojo bien estirado. Las patas eran cuatro. Eran marrones a lo alto y blancas en las puntas. Su cuerpo era del mismo marrón rojizo, una mancha blanca le cubría el pecho. El hocico largo se remataba con dos colmillos finos como púas, las orejas terminaban en punta y asemejaban una cúpula. No cabe duda, eso era un zorro.
Entre los dientes traía un rollo de papel amarillo. Si bien a alguien se le podía ocurrir que ese papel estaba amarillento por el paso del tiempo, claro estaba que ese papel siempre había sido amarillo. Una cintita de tela lo mantenía en su formato. El zorro lo llevó hasta un caminante, se acercó. Éste lo miró antes de extender el brazo, el zorro lo miraba también, para cuando extendió el brazo el zorro ya estaba buscando al segundo caminante que en el orden aleatorio que en esta ocasión se habían ubicado encontró. Ahora el zorro no se acercó tanto, el caminante se inclinó hacia adelante para poder tomar ese rollo de papel, pero el zorro lo habrá tomado como una ofensa, o lo habrá tomado como una amenaza o como lo que sea, pero lo salteó a él y también al de al lado. El cuarto caminante sólo lo esperó, y cuando estuvo bien cerca le tiró un manotazo para sacarle el papel de la boca, el zorro rápido de reflejos le esquivó. Al quinto lo miró a los ojos un instante, dio media vuelta y dejó caer el papel sobre las brazas. Huyó despavorido. Dos de los cinco saltaron para evitar que el fuego se engulla la hoja que sin duda era para ellos, o sino no sería para nadie. La tomó uno, la sacudió. Las brazas sólo habían amarronado algo del amarillo gracias a la prestancia y rapidez de las dos manos. Quien tenía el papel en la mano quitó la cinta, desenrolló, hizo una amago de lectura en voz alta pero se pasmó. Pasó el papel a otro, éste comenzó la lectura en tono alto, como queriendo tomar aire al principio y hasta el final no volver a hacerlo. Ahí se lanzó:
Esta carta viene a completar a la que, si todo salió como estuvo planeado, el tucán ya les entregó. Por lo tanto, la carta que ya leyeron. No es que está hecha para complementar a aquella, pero si surgieron algunas dudas sobre lo de las luces y sobre si las luces se contagian, se enseña a encenderse o se aprende de la nada, pueden encontrar acá un asomo a la respuesta. Dudas comprensibles sobre si encenderse es natural, es social, es inevitable o es provocable, todo eso no está ni aquí ni en ningún lado, eso se aprende andando. Pero esto que les paso a transcribir, con algo de eso tiene que ver.
La principal virtud de él:
Una peculiar capacidad para hacer(nos) creer(le) y todavía estar esperando.
Fue quizás hace siglo y medio que dijo que, en algún momento, todo acabaría y todo empezaría a la vez. No le creímos porque no estábamos, pero hubo otros, mejores que nosotros, que sí le creyeron.
Yendo de pie hacia el futuro, llenos de sus enseñanzas y empachados de esperanza chocamos alguna vez con sus fabuladores, sus monstruos independientes que nada tuvieron que ver con él salvo el difame.
Si tuvo un hijo, éste fue asesinado por su nieto, y éste era un monstruo. El monstruo azotó a su vez a sus hijos impidiéndoles ser, limitándolos a la obediencia. Así un día todos murieron. Todos menos algún cachorro beneficiado por la distancia, que nació y vivió lejos, con las marcas imposibles de ocultar que el monstruo les legó, pero con luces propias que ilusionan con que algo, en setenta y pocos años, no fue inútil.
Pero hay otra rama en la familia, que todavía no termina de nacer.
Es la rama que no debe obediencia a un monstruo muerto al que no deplora porque lo trasciende. Fundada en los principios más nobles surge entre montañas y cementos. Algunas veces parece que va a llegar tarde, otras parece que va a morir ahogada antes de dar sus primeros pasos. Pero ya algunos escuchan su corazón, que quiere ser el de todos. Que nos dejen nacer y ya nadie va a poder pararnos. Que nos dejen ser y nadie va a temernos porque somos sus hermanos. No se sientan representados, porque somos ustedes.
Espero que les haya gustado la prosa. Y si tienen entusiasmo, los invito a esta rama. Sin más, hasta luego.

Aunque parezca curioso, nadie se preguntó quién mandaba estas cartas. Había en ellas algo más interesante que intentar jugar al detective en busca de su autor. En vez de eso se quedaron pensando a la carta, buscando la respuesta a alguna pregunta. Viendo que lo respondido es que no se enseña a brillar, se brilla aprendiendo, y que sobre todo se brilla porque se forma parte de algo maravilloso, que no reconoce pies ni cabeza, porque a todo lo comprende.