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Caminantes 11

La piedra descansaba su peso en el suelo, con la penuria de no poder seguir bajando. Un pie ayudaba a todo un cuerpo en avances de una caminata de autómatas. Los caminantes jadeaban su cansancio. El pie sostuvo todo el peso del cuerpo mientras pisaba con el borde interno la piedra que hacía más de lo que se puede llamar un rato estaba quieta, impune al tacto, en ese preciso lugar.
La torcedura del pie del caminante ayudó a los otros cuatro a pedirle tregua al cansancio y acercarse a una casa que los convidaba a hacerlo desde la ladera de la colina por la que habían estado subiendo, y ya estaban bajando.
En la covacha había dos mujeres. Dos ancianas. No. No eran ancianas. Eran dos señoras de una edad difícil de estimar. Pero parecían ancianas.
Los convidaron con té. Los ayudaron a combatir el frío del anochecer con mantas superdotadas que lo hacían sentir a uno la temperatura más deseable. Los convidaron a sentarse con ellas junto al hogar donde ardía leña chispeante. El caminante accidentado se recostó haciendo buen uso de la comodidad, reposando su pie en una silla y recostado en un sillón más bajo que aquella.
Hablaron de algunas cosas. Las mujeres parecían tener una buena idea de lo que querían, lo que justificaban y lo que condenaban. Los caminantes repartían su atención entre la escucha y viajes por la luces del fuego. Siempre hipnótico. Así estuvieron, los seis disfrutando, hasta que una mujer comenzó a hablar de quien fuera su marido. Nadie le prestó real atención a lo que ella hablaba con gran entusiasmo, y creciente. Dijo algo sobre que era fantástico como pareja e inigualable en el pensamiento lógico, que era amante de la razón y enamorado del amor. Subida a la ola de la rima la señora dijo, y fue lo que a todos hizo dejar de mirar la danza de las llamas, que su marido habló con Sócrates. Nadie habló nada más. Sólo ella hacía uso de la palabra. La otra mujer la admiraba, asintiendo la jugada y evidenciando conocer la historia, agregando alguna pastilla a un relato envolvente.
Contó que su marido y Sócrates se conocieron por casualidad caminando por el bosque, que se encontraron y se sobresaltaron cada uno con la presencia del otro. Tuvieron más de un encuentro. Su marido sólo se lo contó en algún momento posterior, cercano a su partida. Juntos construían escenarios donde ambientaban sus conversaciones, Sócrates lo guiaba por lo que él llamaba el camino del amor, el que conducía al camino de lo justo, lo bueno.
Su marido no fue Platón, pero también escribió sus diálogos con Sócrates, aunque no con el vuelo y la profundidad de aquél. Ella se levantó y fue en busca de un cuadernito del que extrajo unas hojas marcadas. Se las regaló a los caminantes que las leyeron en el momento, sin dar pausa, tres veces seguidas hasta haber comprendido cada palabra con su real significado.

Sócrates comienza preguntando:

  •  ¿Qué es lo que espera uno de su crecimiento?
  •  El aprendizaje.
  •  Pero el que aprende ha de ser enseñado por alguien o aprende de la experiencia...
  •  Son las dos maneras de aprender que yo también conozco, Sócrates.
  •  Pero tal parece que en la vida hay algo que no se aprende de ninguna de estas dos maneras.
  •  No veo qué puede ser.
  •  ¿Aprendiste a ser niño?
  •  Creo que por la experiencia, sí.
  •  Pero no tuviste la experiencia de ser niño antes de aprender a serlo.
  •  Es complicada tu pregunta.
  •  Puede que me haya expresado de mala manera. Lo pongo así: No aprendiste a ser niño antes de serlo.
  •  Supongo que no.
  •  Tampoco aprendiste a dejar de serlo para ser adolescente.
  •  Visto en el mismo plano que lo que recién expresaste, no.
  •  Yo te pregunto, las ideas son las tuyas.
  •  Entonces creo que creo que no aprendí a ser adolescente antes de dejar de ser niño.
  •  Parece que no se aprende a ser hombre.
  •  Debe ser tal, si por tal entendemos a un tercer momento de lo que venimos planteando.
  •  Yo no entiendo por un tercer momento a la adultez, si es lo que referís, y creo que así es.
  •  Sí, es lo que creo.
  •  ¿Cómo definirías la adultez?
  •  Como el momento en que dejo de ser el adolescente para pasar a ser un hombre completo.
  •  ¿Completo?
  •  Quiero decir, cuando ya no necesito de los mayores para ser lo que vaya a ser.
  •  ¿Es que cuando pasaste aquellas dos primeras etapas necesitabas de otros y cuando las completaste dejaste de necesitarlos? ¿Es esa la diferencia que estás planteando?
  •  Es mi parecer.
  •  ¿Desde que te convertiste en adulto dejaste de necesitar a los demás? ¿Es que desde entonces estás solo?
  •  No, tengo a mi familia.
  •  ¿Y los necesitás?
  •  ¡Claro Sócrates que necesito a la mujer que está al lado mío!
  •  ¡Por Hera! ¿Entonces es que no dejaste aquéllas primeras dos etapas, que aún estás necesitando de otras personas?
  •  No. Pero mi necesidad de hoy es en mucho diferente a la de aquellos momentos.
  •  ¿Por qué alguien debería de necesitar a otra persona?
  •  Creo que tu parecer, desde hace ya varios años, es que se necesita lo que es útil.
  •  ¡Gracias por recordármelo! ¿Es, acaso, ésta tu idea también?
  •  Sí, es.
  •  ¿Dirías entonces que lo que ha cambiado desde tus primeras etapas en la vida hasta hoy son las cuestiones para las que son útiles aquellos que necesitás?
  •  Es eso lo que respondo.
  •  Pero no que cambie el fin. Es decir, sigue siendo buena a tu lado la presencia de esos que son útiles para hacer tu vida.
  •  Así pienso.
  •  Afirmás que aún en la etapa en la que creés que pasaste tu adolescencia seguís necesitando a otras personas para que tu vida sea completa.
  •  Tal parece.
  •  Así es que no debe ser tu idea la que expresaste antes, sobre que cuando uno se hace hombre ya no necesita a otros para hacerse completo, sino que esta es tu idea.
  •  Es lo que me enseñaste.
  •  Pero tus respuestas nos traen hasta acá.
  •  Sí, es lo que yo creo ahora.
  •  Pero ¿No es en la adolescencia cuando rechazamos a aquellos que quieren ser útiles para hacer nuestra vida? ¿No es en ese momento cuando aborrecemos a quienes antes fueron nuestra guía y modelo?
  •  Es tal como lo decís.
  •  ¿Y cómo dirías vos que se arman las relaciones cuando dejamos la adolescencia?
  •  Fundadas en los sentimientos más puros que hayamos aprendido hasta entonces.
  •  Pero ¿No hay hombre que no dejan de rechazar las manos amantes con la insolencia del adolescente cuando su edad es ya bien avanzada?
  •  ¡Vaya si los hay!
  •  Y, en la niñez ¿Cómo dirías que se fundan las relaciones?
  •  Sobre la base de la confianza infantil y el amor tierno.
  •  ¿Es que acaso no sienten confianza y amor tierno los adultos más felices?
  •  En esos sentimientos me reflejo cuando soy alegre.
  •  ¿Es que entonces ni tan siquiera llegaste a tu adolescencia?
  •  Creo que la he pasado hace tiempo ya.
  •  ¿Y podrías decir que hay relaciones que se fundan sobre otras cuestiones que no se hayan reflejado ya en las primeras etapas de tu vida?
  •  Creo que sí.
  •  ¿Cuáles serían?
  •  Las que comprometen cuestiones más profundas que las que antes podría haber entendido.
  •  ¿No era bastante profundo compartir con tus padres el fin de formar tus capacidades?
  •  Creo, Sócrates, que ese fue tan profundo fin que es el pilar de toda mi vida. Pero en aquél momento yo no lo habría entendido así.
  •  ¿Pero era así aún cuando no lo entendieras?
  •  Tal parece.
  •  No entiendo, compadre, cuál es la diferencia entre las relaciones que planteás que ahora existen para vos y aquellas que decís existieron antes.
  •  No sé qué pensar.
  •  Ha de ser que no sabés pensar la diferencia.
  •  Tal parece.
  •  Puede que sea porque no conocés la diferencia.
  •  Creo que no la conozco.
  •  Entonces tal vez sea porque no conocés lo que no existe.
  •  Es imposible conocer lo inexistente, salvo que se lo esté inventando. ¿Cuál es tu parecer, Sócrates?
  •  Creo que cuando terminamos de ser puros adolescentes ésta etapa y la niñez que la antecedió conviven en nuestra existencia. Y el adolescente que fuimos quiso matar al niño que antes fuimos, pero el adulto que somos los conjuga a los dos.
  •  ¡Me suena a cuento alemán, Sócrates!
  •  Es que los alemanes que conocés leyeron esto también.
  •  Seguí, Sócrates, no es mi placer interrumpirte.
  •  Diría que el niño y el adolescente se disputan a cada momento la existencia del hombre que llegamos a ser. Entonces, el que es niño disfruta y sonríe porque sus deseos son los justos y como tales los bellos. El adolescente descree de lo justo y entonces su naturaleza es la insatisfacción, porque se sabe feo.
  •  ¿Cómo el niño conoce lo justo?
  •  ¿No es lo bello lo que nos da alegría?
  •  Sí.
  •  ¿No es alegre el niño?
  •  Sí, Sócrates. Y te ahorro esto porque lo entiendo.
  •  Explicámelo.
  •  Es que lo conozco por haberte leído en las palabras del más sabio que te haya conocido. Y aquello me convenció ya. No hace falta que lo hagas dos veces.
  •  ¡Ah! Qué dicha la mía. Contame lo que entendiste, entonces.
  •  Lo bello es los que es bueno para nosotros. Lo que es bueno no puede dejar de ser lo justo. Si lo bello nos da alegría es porque estamos haciendo lo justo.
  •  Entonces ha de ser que el niño sabe hacer lo justo aunque no conozca su significado. Para mí esto es así porque lo que el niño desconoce en lo absoluto es la injusticia.
  •  Me encantaría entender, y creo que estoy por la buena senda. Pero hay dudas sobre la práctica que se me están planteando ahora.
  •  No sería la primera vez que abandono mi estilo para satisfacer a un hermoso interlocutor, así es que podés preguntar también.
  •  ¿Y cuando sólo me importa aquello que divierte y enternece? ¿Cuando soy temerario en busca de eso?

    Sócrates contesta:

  •  Entonces otra vez soy niño.
  •  ¿Cuando todo importa demasiado y yo prevalezco en mis pensamientos?
  •  De nuevo soy adolescente.
  •  ¿Pero si todo lo que me rodea irradia amor y floto y deliro en ondas románticas?
  •  Vuelvo a la niñez.
  •  Así transcurre mi vida, y en ese transcurrir temo nunca ser adulto, fluctuando entre mi precoz edad infantil y la infame adolescencia. Es un laberinto donde sin duda prefiero perderme en los caminos que se tiñen de juegos infantiles con inocencia y sorpresa que los que se vuelven oscuros de egoísmo y dramatismo acartonados. Sólo siento ser adulto cuando todo eso es reprimido por la seca imagen de quien cree conocer muchos de los rincones de ese laberinto. Cuando lo que pasa poco me importa, nadie me conmueve y nada me sorprende.
  •  A todos nos pasa. Y solo lo entendemos cuando lo podemos leer con los ojos aniñados.
  •  Claro, entonces lo veo. Y no sólo en mí lo veo. Aquella mujer que disfruta de sus hijos revolcándose y siempre sonriendo es claramente niña. Aquella otra que reprocha la culpa de quien solo se descuida, adolece. El hombre que ordena, reordena y contempla la obra por él creada que componen botellas y copas, es infantil. Ese otro que alardea de sus hijos, es adolescente. Aquél que se empapa del amor de los suyos y adora a ese amor, tiene el corazón abierto como los niños lo saben tener. El que siempre demanda adolece hasta del cariño elemental. El que luce su panza acostado boca arriba es fresco, el que busca que su cuerpo disimule sus carencias está en conflicto y sin identidad. La que no intenta ocultar que la carne le tiembla de emoción y que las lágrimas amanecen en el cielo de sus ojos porque todo lo que pasa es conmovedor, tiene el corazón abierto como quien no quiere dejar de conocer. El que hace silencio para escucharse a sí mismo por dentro, el que grita el dolor y suspira el amor, el que aprendió que amor y dolor son la rima excelente, el que llora la angustia y también la alegría, ese es el infantil, fresco y puro. El que da la espalda a lo sufrido, aprieta las muelas para no gemir, el que posa sonriente junto a la mentira, el que adora la superficie y teme a lo profundo, el que está seguro hablando en la vereda pero desgarra sus uñas intentando trepar las paredes, en silencio, si estamos solos en la habitación, el que pretende ser superficial adolece en su manera de ser.
  •  Algo así es como debe ser
  •  ¿Y cuál es la mentira?
  •  ¿Cuál mentira?
  •  La mentira del crecimiento, de las etapas. De la experiencia.
  •  La experiencia es bien usada si su utilidad es evitar tropiezos futuros, también para buscar el disfrute. Se experimenta en cada momento y esa es su razón de ser. Se acumula experiencia y se conoce. Pero eso no soluciona nada, muy por el contrario, la experiencia complejiza la vida para quienes no son conformistas. Uno puede creer haber encontrado el éxtasis y entonces es uno mismo el que por un experimento se cierra a muchos otros, acotando su posibilidad de experiencia. No se experimenta para llegar a conocer todo si uno es fresco y puro como lo has catalogado, correctamente- uno hace su experiencia como agrega eslabones a una cadena o escalones a una escalera que intenta llegar a algún lugar. Y uno, en concordia con su frescura, no piensa nunca haber llegado, siempre intenta ir más allá. Uno crece, sin dudas, pero es también deber darse la inmensa posibilidad de nunca dejar de sorprenderse, nunca cerrar las puertas por impulso del prejuicio. La vida no es un libro para ser leído, sino un cuaderno para ser escrito. Las etapas, entendidas como un ente que nos supera y al que nos tenemos que amoldar, sí son una mentira. Pero las experiencias pueden tener un orden que nos haga la vida con más disfrutes que penurias.
  •  Pero si uno se expone a la experiencia dispuesto a la sorpresa ¿Cómo tiene seguridad de a dónde llevan los escalones de su escalera?
  •  Uno no tiene que esperar algo determinado de una experiencia porque así lo más probable es el desencanto. Ahí uno tiene que estar libre para ser abordado por la sorpresa. El lugar a donde uno quiere ir no es una sorpresa, es un anhelo, y uno tiene que estar seguro de cuál es, aunque luego quiera cambiarlo. Es imaginario, y uno está seguro de dónde queda. Así las experiencias son, pero no todas sirven para llegar al anhelo, algunas sólo decoran el entorno o constituyen la baranda donde apoyarnos para encontrar el escalón. Pero sin dudas, el consejo es que no te sorprenda tu anhelo, que es lo más firme que hay que tener para no hacer de la vida un montón de hojas sino un cuaderno escrito desde el principio y siempre hacia adelante.
  •  ¿Hay anhelos correctos y otros incorrectos?
  •  Los hay correctos, es toda la gama que se escribe con el lenguaje del amor, que hoy para mí es igual a lo que he sabido llamar lo justo. Los problemas de la vida son los problemas del amor, así como las alegrías de una son las del otro. Los anhelos incorrectos son los que van contra la vida, en el orden del odio.
  •  Entonces las sorpresas están en la vida, las vamos descubriendo y nos abordan en la experiencia, estando lo seguro en el lugar al que cada uno quiere llegar, es debido que impulsado por los principios del amor en el campo de lo ideal.
  •  Algo así es como debe ser. Espero haberte sorprendido. Si así es, entonces vamos subiendo esa escalera, que siempre hay tiempo para que tu gesto improvise un homenaje a la sorpresa.

    Una vez satisfecha la lectura la mujer pidió que no sometan la escritura de su marido a comparaciones desfavorables inevitablemente desfavorables- con las de otros autores por demás escritores. Que su marido sólo buscaba aprender.
    Contó que su marido, tras largas estadías en el bosque, un día le contó de sus encuentros con Sócrates. Ese día le dijo que debía bajar a la caverna. Ella nunca más lo vio. Él se llevó lo puesto, besó a su mujer con efusividad y lagrimeando, e iluminado se introdujo en algún lugar muy oscuro. Ella quedó con su recuerdo y en soledad hasta que esta amiga que ahora la acompaña irrumpió en su casa desolada y perdida.
    A la mañana siguiente los caminantes partieron no sin agradecer cien veces lo recibido. Las mujeres los despidieron también agradecidas. Ellos llevaron consigo el manuscrito como un tesoro más. Ellas los vieron penetrar, iluminados, en un mundo de sombras.